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miércoles, 10 de noviembre de 2010

La decadencia y Rafael Altamira


La fotografía que nos acompaña del señor de larga, espesa y blanca barba cuya mirada trasciende el tiempo nos refiere a una de las últimas de Rafael Altamira Crevea tomada en su exilio de Méjico donde murió hace casi sesenta años. Este verano, una buena amiga, su nieta zamorana Mari Luz Altamira Tapia me regaló un espléndido documento audiovisual realizado por su hermana Pilar que ha investigado con detalle la profundidad de la obra de su abuelo. Y no es para menos. Como suele ser habitual en este país parece que la memoria produce dolor de cabeza. Unos la desprecian porque consideran que la memoria les pertenece y que los demás no la necesitan para eludir quizás el concepto de justicia en su recuperación, y a los otros porque les justifica planes y planes de Educación donde la memoria no sólo es inútil sino contraproducente para el conocimiento pues de nada sirve aprender los afluentes del Duero sino intuir, colegir y desarrollar la distribución administrativa de la confederación hidrográfica. El caso de la memoria viene a ser como el de la decadencia. Hubo un tiempo en que la decadencia era contemplada como algo sugerente y aunque no tanto en la vida sí lo era en el arte. Hoy, la decadencia nos asola en la vida real y de ella queda la parte de su significado que refiere la ruina, la ruina moral, pues de la otra, paso palabra.
Rafael Altamira, gran amigo, por cierto, de Clarín, zamorano que hizo de otra ciudad un referente literario universal, tomó como base el hecho educativo y por ello estuvo muchas veces en la pendiente de la incomprensión. Consideraba que un pueblo sin Educación estaba abocado al fracaso y apostó por la palabra y la ecuanimidad como razón de su propia intelectualidad. Colaboró a tal fin con Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza y escribió, en otros “Historia de la civilización española” título que así dio para “evitar que llamándose a secas Historia de España se creyese que sólo comprendía (como es uso corriente) la parte política externa”. Ello nos lleva a considerar la vigencia de la visión de Altamira al reconocer hoy la petulancia, el narcisismo, la arrogancia y la vaguedad que ha tomado la política como profesión y no como servicio, tal como demandaba ya en el capítulo primero la reflexión de Aristóteles. No cejó Altamira en su empeño cuando, herido en el alma, pudo pasar las líneas en la guerra civil con pasaporte diplomático dado que, -y este es otro de los infames olvidos- el español Rafael Altamira fundó el Tribuna Penal Internacional que hoy en La Haya juzga a criminales de lesa humanidad.
Y quizás haya que significar que este hombre de arrolladora fuerza intelectual y sosegada expresión, retratado por su amigo Sorolla, fue propuesto en tres ocasiones para el premio Nobel de la Paz. Su legado moral está más cerca hoy de nosotros de lo que pudiera pensarse si nos acercamos a su correspondencia con Blasco Ibáñez, Unamuno o Menéndez Pidal. Por eso, en este estado de las cosas, donde los filósofos están mal vistos, las humanidades despreciadas y los argumentos olvidados, la memoria de Altamira recobra una fuerza extraordinaria. Ese es el juego de la política: considerar acaso que el pasado es un hecho decadente cuando al presente de indicativo le asalta la ruina del pensamiento. lozanoanibal@gmail.com

El signo y el símbolo

La cercana desaparición de Marcelino Camacho ha recordado, por justicia, su lucha por la democracia y por los derechos de los trabajadores. Viendo algunas imágenes de los líderes políticos evocar al histórico sindicalista no he dejado hasta este momento de pensar en la fragilidad de algunas cosas acumuladas en la trastienda de las ideologías, las rebeliones y los conceptos amontonados, unos sobre otros, cuando antaño eran tan importantes y tan vacíos ahora en el tiovivo de la actualidad. Recuerdo una vez, en tiempos de la denostada transición, que el profesor Juan José Coy – de innegable huella machadiana - explicó en su clase de Literatura norteamericana lo sucedido cuando un grupo de intelectuales españoles fueron expulsados de la Universidad en 1965 por apoyar las revueltas estudiantiles contra Franco. Junto a Enrique Tierno Galván, primer alcalde democrático de Madrid tras la muerte del dictador y el zamorano universal Agustín García Calvo que enseñaba Lenguas Clásicas en la Complutense la dictadura se ensañó también con el profesor José Luis López Aranguren, catedrático de Ética en la Autónoma madrileña. El hecho fue que en la universidad de Barcelona ejercía la cátedra de Estética y Literatura el profesor José María Valverde quien, viendo los acontecimientos, envió una tarjeta-collage a su colega de Ética en Madrid con el siguiente detalle: “Nulla estetica sine etica”, lo que venía a significar que él mismo abandonaba la Universidad, autoexiliándose. Era el signo lo que marcaba las actitudes ante la vida. Luego, cuando este país se levantó en democracia, que no lo hizo de un día a otro, sino tras pasar por innumerables pesadillas e insomnios al signo le llegó la reconversión ideológica y lo que entonces era actitud pasó a perfil (¿cumple el perfil?) y el signo dejó de ser llamado como tal para quedar en símbolo.
Un signo de los tiempos era entonces Marcelino Camacho y su muerte ha querido que sea hoy un símbolo; ya lo era en vida desde hace unos años, pero era un símbolo sin salir de casa, la misma en la que vivió cuando consideraban su palabra y actitud. Precisamente una de las paradojas actuales es la no por extraña, curiosa relación entre la clase política de la izquierda parlamentaria y la clase social de muchos sindicalistas. Unos se nutren de otros y así puede hoy uno llegar a la melancolía preguntándose cómo es posible que quien hace un mes consideraba una huelga general contra una reforma lesiva para los trabajadores sea hoy mismo ministro de Trabajo con el gobierno que la impulsó. Lo que parece una gran incongruencia entre la realidad y la ficción, sin embargo, tiene una explicación: se trata de una razón de imagen. Este poderoso argumento, -a fin de cuentas la imagen es lo que cuenta-, construye hoy la arquitectura de los hechos consumados, y en definitiva supone nada más y nada menos que la proclamación de lo que no se explica, la verdad, el santo y seña del nombrado y renombrado misterio: el proyecto. El mismo que sirve para que muchos sindicalistas realicen “un enorme esfuerzo” para estar a las órdenes del Partido y llevar la penosa tarea de una dirección general, una subsecretaría o un ministerio.
El signo de los tiempos: la muerte de Marcelino Camacho, signo de una ética sindicalista, aparece hoy como símbolo estético para lavar la cara a los mismos sindicatos. La imagen no puede perder la conciencia, venía a decir José María Valverde.

Corvina por sementera

La higuera que vigila el estudio del escultor Fernando Mayoral apareció ayer en el patio como una pieza fundida en bronce. “Ahora que acaba la sementera, viene la helada” me decía el autor de algunos pasos procesionales de la semana santa zamorana como “La última cena”. En el discurrir por la carretera de Salamanca a Toro, antes de llegar al Guarrate de Luis Miguel de Dios queda La Vellés en un extraño mar de ocres, sienas, cafés y tabacos. Buscando el nombre de un pigmento que defina estas tierras uno puede percibir que sementera viene a ser precisamente el color y para qué buscar otra definición si la tiene delante de sus ojos, ante la palabra misma. El maestro de las palabras, José Antonio Pascual, ya lo advertía en su discurso de ingreso en la RAE recordando a Tzvetan Todorov: “A la memoria se la representa en el Renacimiento como una mujer de dos caras, una de las cuales mira al pasado, mientras la otra vuelve sus ojos hacia el presente; nos previene este ejemplo del conflicto que se produce entre la fidelidad que tenemos los seres humanos a la historia y la comprensión con la que solemos justificar nuestro presente.”

Así que estamos en tiempo de sementera y en tierra de labranza, por eso, el amigo Argimiro, compañero de tertulias, baja del tractor con la lumbalgia de la época, mientras se retuerce en Losilla, más allá de Carbajales. La vida nos da que ahora atardece temprano, porque es cuando me figuro que podríamos echar unas corvinas a la brasa y apañar un hueco para la charla con estos sembradores de tierra adentro. He dicho corvina, sí, ya sé y de ahí el contraste que tiene un pez originario del Pacífico y que ahora puede verse en los mostradores de cualquiera de las pescaderías de la ciudad, incluso en el pedido del vendedor ambulante que pasa por El Maderal. Esta otra palabra, corvina, la ví por primera vez en un cuento de Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo que en “Memorias del fuego” detalla la historia al desnudo a través de las palabras, los testimonios, las noticias escritas y orales, las leyendas y también las narraciones de los marginados siempre. García Márquez no desdeña tampoco unas corvinas en sus amores desvencijados ni Vargas Llosa en aquella histórica casa verde. Pero con los años, la corvina había quedado ahí clavada, como una punta oxidada en la membrana de la memoria hasta que la joven de la pescadería me preguntó qué hacía con el pez en la mano, si lo abría como un libro o lo dejaba tal cual como si fuera pariente de una lubina. “¿Y cómo lo hacen allá?”. “Al horno”. “Pues eso”. De pronto surgió el recuerdo de Galeano y ahora, al salir del estudio de Mayoral y dejar atrás la higuera y los moldes desvencijados de los apóstoles de la última cena, me pregunto ante un campo de sementera si no podrían ellos haber echado unas corvinas a la brasa, en aquel tiempo.

Todo queda tan cerca y tan lejos de la geografía, en la geometría de este paisaje duro, seco y frio más allá de Fuentesaúco, que unas corvinas por sementera bien podría firmar el sentido de las palabras hermanadas entre el mar y la tierra dentro en aquel jardín de senderos que se bifurcan del que hablaba Borges. Y también el escultor Fernando Mayoral.


jueves, 23 de septiembre de 2010

Materia y Mística en Venancio Blanco

Alguien tendría que responder en estos tiempos tan difíciles de codicia, soberbia y chapuza, sobre la lección que nos ofrece el artista no sólo consagrado por su arte sino por su edad, desnudando un su tiempo octogenario la creación, la ilusión y la sabiduría del lenguaje de la vida ante los ojos de los demás. Si el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca inauguró el pasado año por estas fechas una imborrable muestra de Agustín Casillas este otro septiembre celebra el prólogo del otoño etnográfico con la exposición de Venancio Blanco, hecha a medida por el artista, como en el caso anterior, como si tal memoria viva de una prolífica e inmensa obra artística resultara ante todo un mensaje de celebración de la experiencia. No es para menos.
Esta exposición de La Salina, por otra parte, descubre los primeros pasos de la FUNDACIÓN VENANCIO BLANCO, (no es menester a tal fin renombrar antiguos sinsabores y frustraciones sobre lo que pudo ser en nuestra ciudad y no es) y en cuyo empeño ha dedicado el artista nacido en Matilla de los Caños del Río (1923) no sólo pasión por cuanto de enseñanza tendrá, esfuerzo por un proyecto hermoso en el tiempo sino también ha invertido Venancio esa palabra a la que acude hoy como equipaje, santo y seña de su trabajo: ilusión. No estaría de menos recordar (palabra que lleva dentro la palabra corazón), la infancia que el artista pasó en Robliza de Cojos entre dibujos de toros y caballos a la sombra de aquel mayoral que fue su padre. Ya en Madrid, durante el servicio militar, realizó por el precio del rancho una pieza que hoy disfruta el Regimiento de Ingenieros en Salamanca. Su formación, fe y sustancia como escultor se forja en Roma de donde nunca se ha ido Venancio -todo hay que decirlo- donde años después acabó dirigiendo la Academia de Bellas Artes y la madurez innata impregnada siempre de inquietud y calma –como aquel hermoso manzano de San Juan- le llevó desde el taller donde fundía con su hermano Juan a la Academia de BBAA de San Fernando, o sea, del barro al bronce y desde la grandeza a la humildad. Algo difícil de traducir en estos retales de arte que hoy es la feria de vanidades.
Se destaca como objetivo de la Fundación la juventud, no en balde Venancio disfruta aprendiendo de los niños el viaje de un lápiz sobre el cuaderno infantil. “Deseamos desde el Arte –dice su hijo Paco Blanco- contribuir al desarrollo cultural de las gentes, conscientes de que la educación para valorar y gozar de la belleza en todas sus manifestaciones, representa nuestra mejor contribución a la paz, la libertad y el entendimiento entre las personas y los pueblos”. Sí, es una reflexión que desde años atrás hemos escuchado al maestro. Y de ello da fe la muestra de La Salina: el encuentro de una escultura religiosa con el lenguaje contemporáneo, lo que hace universal la razón del hombre a través de los tiempos y de la materia, la pregunta y la respuesta, el barro y la creación, la nada y Dios, la esencia y el ser, la búsqueda y la trascendencia.
Ello se rubrica en el recorrido de esta exposición cuya comisariado ha corrido a cargo de Nuria Urbano, excelente conocedora del taller del artista, quien ha realizado una sincera, rigurosa y emocionante aventura a través del mundo, la inquietud y la armonía de una prolífica y emocionante obra como es el tesoro artístico de Venancio Blanco. Estamos ante un encuentro que el espectador siente desde el momento en que vibra, soslaya, se detiene ante una obra inmensamente espiritual.
Valente advirtió sobre el eco sanjuanista que “el deseo sería la faz verdaderamente humana de la necesidad”. Sí, es una palabra sobre la mística del “Cántico”; permítaseme aplicar el hecho en la visión crítica de la ingente e inmensa obra de Venancio Blanco. A ello nos invita su experiencia y sabiduría. Ya Enstein añadió que “por más viejo que seas, puedes ser más joven que nunca”. Pues eso.

martes, 16 de marzo de 2010

A Miguel Delibes


a quien nos enseñó a leer


caminito, estraza, jineta, gorgolita,


todo estaba escrito;


su palabra cura.

jueves, 11 de marzo de 2010

JESÚS de José Antonio Pagola


Mientras el prelado de Tarazona lamenta que el libro del gran teólogo José Antonio Pagola “Jesús aproximación histórica” (PPC, 2008) se venda como rosquillas (y no es para menos, pues lleva ocho ediciones) uno ha buceado en las profundidades de su lectura y al acabar, cierra el libro pero no aquélla, pues quedará abierta su reflexión como asunto cotidiano. No estamos sólo ante una historia revelada en la investigación en fuentes hebreas, latinas, griegas y arameas sino ante un compromiso de esperanza. Tampoco se trata estrictamente de la lectura histórica –como pretendían asegurar desde el Vaticano con temor y sin amor antes de haberlo leído-; más allá el libro de Pagola no se aparta un solo instante del Cristo de la fe. Y he ahí el misterio y también el miedo a poseerlo. Si una investigación exhaustiva proclama el espacio y el tiempo, los personajes y sus temores, sus recelos, los hechos y los olvidos, las miserias y los conflictos humanos, al cabo lo que se desprende es la gran pegunta inicial: “¿Quién fue Jesús?”.

El secreto de este galileo fascinante que irritaba a unos y a otros, que curaba y bendecía los errabundos en tránsito hacia la nada, que sentaba sobre una limpia parábola el peso del amor y no del odio, históricamente existió y lo que produjo fue la gran impresión que dio lugar a lo revelado después en el tiempo. Pagola investiga las fuentes de los evangelios sinópticos, los apócrifos y detalla ese documento Q que sirvió de base para casi todos ellos si exceptuamos al del amigo Juan. Una lectura histórica sencillamente impresionante, pero precisamente porque tras ella queda el fondo del abismo donde crece la fe en un Cristo resucitado y misericordioso. Si el gran libro comienza con tal interrogante, concluye con una respuesta inequívoca. “Por toda la eternidad, Dios hará lo mismo que hacía su Hijo por los caminos de Galilea: enjugar las lágrimas de nuestros ojos y llenar nuestro corazón de dicha plena”. ¿Era este el miedo de la nueva inquisición?. Mas bien lo que tal terror esconde es la esencia de fe en Jesús.
Acaso hay lecturas que uno tendrá siempre, como “Oliver Twist”; que nunca olvidará, como “Ulises” y hay revelaciones de lo que creíamos perdido entre la luz y las palabras.

martes, 3 de noviembre de 2009

La emocionante escultura de Agustín Casillas

Años hacía que no veía al Fréjoles. Tener el pequeño hormigón estos días en la sala de exposiciones de “La Salina” me ha hecho recobrar el tiempo de la infancia junto a Antonio Casillas jugando en barro en el estudio de su padre, pasándonos horas viendo como remataba una escultura antes de que volviéramos a Tolima para visitar con Fede, el otro amigo de la Plazuela, al sheriff King. La exposición de Agustín Casillas que dentro de unos días se clausura en la Diputación, además de celebrar una memoria espléndida, octogenaria y vivaz, una obra tan intensa como hechizadora, detalla el espejo de Salamanca en la fugacidad del tiempo y de la vida. Si “El Fréjoles” es una muestra de ello, como el tratante que andaba por las escaleras de Pinto o en los arcos de “la Granja” dejándose ver como santo y seña de su blusa a quien interesare, no es menos cierto que hay una lectura más honda en la madurez intrínseca de la obra de Casillas y que forma parte de su interpretación sobre los personajes, reales y ficticios de la historia de Salamanca.

Es verdad que si hay una palabra que figura entre las interpretaciones de estas esculturas, entre la geografía humana y la antropológica, el sentimiento y la memoria, esa es precisamente la que da nombre a la exposición “Identidades salmantinas” y es una buena razón para aproximar precisamente el recién creado Instituto de Identidades ante una obra sosegada en madurez y cuya emoción en su realismo depara precisamente un objeto de culto por cuanto adquiere el denominador de tradicional en su factor humano. Casillas, ante todo, ha sido precisamente un retratista del factor humano y su escultura conversa, cara a cara, no sólo con el espectador sino con su propio eco, la reverberación de sus ancestros, el detalle de su memoria en definitiva.

Hay una lectura en estas piezas que tiene que ver con el re-cordis, con la palabra memoria y el papel del corazón en la emoción de su propio significado. El mismo diálogo entre Celestina y Melibea, en un acto singular de los que gusta evocar Emilio de Miguel; las ideas para el bajorrelieve de esta tragicomedia o las figuras escénicas sobre el teatro del Lunes de Aguas mitifican un concepto trascendente de lo salmantino. Ese detalle por la trascendencia no se antoja en la obra de Casillas sino desde un lenguaje popular, cotidiano y, por ende, sincero con el espejo que nos descubre. Hace casi cuarenta años dibujábamos de niños, en el estanque de la Alamedilla, unos ciervos de barro -¿Qué fue de ellos?- que compartían la orilla con las cuatro estaciones. Afortunadamente queda en Salamanca un paseo escultórico por la obra emocionante y genial de un artista tan profundo como serena y llana es su percepción por la realidad, pues podría decirse que la obra de Casillas es una escultura en el tiempo.

Desde la cabeza de Torres Villarroel hasta la pequeña huella del poeta “Adares”, esta muestra nos acerca al hecho de mirar cada pieza más allá de su propio escenario, pues se trata sin duda de un gran teatro que subyace en la obra misma, en su conjunto y en su propia individualidad. Casillas es un escenógrafo de la percepción; no sólo retrata la costumbre, el tipo y el instante, sino que dialoga con la serenidad, la crudeza y el sentimiento de la realidad: he ahí el realismo ante el factor humano y su emoción.

viernes, 19 de junio de 2009

Candilejas: Silencio en Anantapur

Candilejas: Silencio en Anantapur

Silencio en Anantapur



Viernes, 19 de junio de 2009.


La silueta de un hombre que han visto de lejos, en la ladera del monte, cerca del último magnolio de Oriente, reza en la trastienda de nuestras vidas, tan lejos y tan cerca ahora de su memoria y de su legado.

La riqueza en el espíritu y la palabra yacen allí, junto al letrero que dictaba: inciertos milagros.


Él era el milagro: Vicente Ferrer.



A.L.

lunes, 25 de mayo de 2009

Ardicia en memoria de José Miguel Ullán




Fechado en enero de 1965 y editado en la vieja y desaparecida “Vitor”, la imprenta etimológica de Pepe Núñez Larraz, el primer libro del salmantino José‑Miguel Ullán (Villarino, 1944 - Madrid, 2009) lleva por título El jornal. Es una rara avis encontrarlo en alguna librería de viejo, y quién sabe, si alguna vez, emparedado entre una novela de Marcial Lafuente Estefanía y La conquista de la felicidad de Bertrand Rusell uno es capaz de encontrar un ejemplar tan enmohecido pero virgen, amarillento y sin embargo fértil, como así es su palabra escrita. ¿Qué es de este escritor huido siempre de la oficialidad más insigne, viajero que regresa de vez en vez con la discreción de quien no quiere ser visto más que por lo que prefiere? Alejado de la pomposidad más notoriamente celebrada en este país por los sucedáneos intelectuales que se ocupan de la llamada literatura comercial y del número de ventas cual inquilinos del “Gran hermano”, la obra de José‑Miguel Ullán es de una espléndida solidez y una honestidad poética absolutamente fidedigna.
Sin su obra no podrían tenerse en cuenta los laberintos por donde la poesía española ha urdido las mimbres en los últimos cuarenta años. Su experiencia vital, como en el caso de los escritores comprometidos con las circunstancias, le han jalonado afectos y desafectos con su propia singladura poética a la que nunca –afortunadamente– ha renunciado en su sentido más puro: la esencia de la palabra. Tras estudiar el Bachillerato en Salamanca y, su paso por un Madrid inquietante donde inicia Ciencias Políticas y Filosofía y Letras se recluye en París poco antes del mayo del 68 dónde conoce y trabaja junto a Roland Barthes y Lucien Goldmann. El periplo lingüístico no habrá hecho más que comenzar. Trabaja en la ortf y a su regreso –muerto Franco– a Madrid su experiencia le llevará a realizar una intensísima actividad periodística entre la que destacará –inevitable su eco– el programa “Tatuaje” en TVE, lejos del tufo cañí en que habían envuelto a la copla, y la creación del excelente suplemento “Culturas” en Diario 16. Nota biográfica que se actualiza con sus colaboraciones en la prensa nacional e internacional. Pero nos atrae, sin duda su obra poética.
Como acaso no es gratuito sopesar las relaciones de fondo y forma que habitan en el eje de la poesía española contemporánea es por eso que se nos antoja analizar una pista entre nombres que van a ser proclives para entender la reflexión común en torno al lenguaje, porque es en torno al lenguaje donde despliega todo su universo. No es extraño, precisamente, que José‑Miguel Ullán se encargue de la edición de un libro mítico como es Noventa y nueve poemas de José Ángel Valente. De nuevo, Valente, como una constante agradecida para la poesía española. En esta influencia –me atrevo a decir– decisiva, entre uno y otro, gravitan puntos y nombres tan comunes como que sería imposible desprenderlos de ambos. Por una parte, la presencia de la obra del místico español Miguel de Molinos, como así poéticamente Góngora, Cernuda o Vallejo, detallarán el equipaje de Ullán que él mismo analiza en la obra de Valente. Por la otra, la presencia en ambos, con imborrable fuerza creadora, del poeta cubano José Lezama Lima y la pensadora española María Zambrano: a quienes unirá no sólo la complicidad en la palabra sino una intensa amistad.
Clave de este signo es la referencia que de ello hace precisamente el crítico Miguel Casado en la edición de Ardicia (Cátedra, 1994), antología de la obra del poeta que referimos: “Entre las pinceladas sueltas, corre la zona blanca del pensamiento, la página casi entera también en blanco, como respiración, expresión penetrante de las intermitencias y vacíos del discurso... / ... Una propuesta de este orden es frecuente en el pensamiento de María Zambrano y el propio Ullán la ha recogido en ocasiones, por ejemplo en su artículo ‘Lezama Lima o el barroco carcelario’”. No es casual tal encuentro. Citemos algo que evidencia el testimonio del propio Ullán: “Ningún tema vive separado de los demás, todo es fragmento de un orden, de una órbita que ininterrumpidamente se recorre y que solamente se mostraría entera si su centro se manifiesta”. Estamos ante una poesía que –desde el hondo sentido que da forma Valente– considera el pensamiento como centro y la palabra como acto: o sea, María Zambrano y Lezama Lima como huella de uno de los poetas de mayor profundidad de nuestra literatura contemporánea.
Su orbe está fuera de los circuitos estéticamente podridos; la naturaleza de la obra de Ullán resiste por la enorme trascendencia de su elaboración sobre tanto “vivo difunto” por emplear el símil que el mismo Valente anotó en Salamanca respecto de la obra de otro poeta que aquí es menester pronunciar, me refiero a Aníbal Núñez, autor, entre otras curiosidades, de la cubierta de El jornal, el primer libro de J. M. Ullán:

“Amatando el candil
tan en mi hogar.
Y, sin embargo,
Cósmico”.

La excelente edición de Ardicia, libro citado por la edición de Miguel Casado, presenta una obra jalonada de títulos y referencias y supone un escaparate espléndido para conocer una experiencia poética fascinante, generalmente ¿desconocida? ¿despreciada? ¿olvidada? en la geografía cercana del nacimiento de su autor. ¿Pocos sabrán de la necesidad que el poeta tiene de acompañar la visión de Villarino de los Aires en su itinerario acaso como una “Razón del tacto”? Dicho queda que en Ullán se describe esa parábola del tiempo frente al pensamiento como acto generador de libertad. Su exilio, acompañado después por señales ostentosas de desprecio en un país de naturaleza tan corriente en estas consideraciones, le acercó a la contemplación de lo ilimitado de la escritura, le inundó de pintura –haciendo de él además un artista singular– e introduciendo su espíritu crítico en lo que más tarde desarrollará en torno a la obra de artistas como Antonio Saura, Eusebio Sempere, Zóbel, Chillida, Tápies, que ilustrarán espléndidas ediciones de su obra poética.
De ahí que en gran parte de su obra se construyan el juego y la cábala (de nuevo J. A. Valente) en la más libre de las expresiones. Así aparecerán poemas surgidos de la selección y señalización de palabras de un artículo de prensa como en “Alarma”; búsqueda de una ruptura lexicográfica en “Abecedario en Brinkmann”; jeroglíficos y ecos del “haiku” japonés en “Funeral mal”; poemas –obligatoriamente– tachados en “Manchas nombradas”; composición libre, intelectualmente libre como toda su obra, en el hermosísimo libro Rumor de Tánger al que acompaña una cita de Lezama Lima: “única cárcel / corona sin ruido”; dibujos como hipérboles de la escritura en Visto y no visto, donde se honienajea a Valente, Zambrano o Aníbal Núñez; una obra poética, en fin, que concita una inmensa experiencia lectora.
Miguel Casado, aludiendo a María Zambrano lo designa como “La metáfora del corazón”, tal es la obra enriquecedora de José‑Miguel Ullán: la palabra que nace y se nutre del conocimiento para dar testimonio de una fecunda emoción.

martes, 3 de marzo de 2009

El eco machadiano


En tiempos de esta crisis, moribunda de tantas cosas, pasado mañana en pleno domingo gordo, se cumplen setenta años de la muerte de Antonio Machado. Su tumba en Collioure sigue abrazada de algunas flores y otros mensajes que habitan en el tiempo, como la palabra en el tiempo que tanto sacrificio empeña su obra y su memoria también. Fue en 1975, días después de la muerte de Franco, cuando el profesor Juan José Coy, a quien tanto debemos alumnos y no alumnos por acercarnos al verso machadiano (y al teatro de Tennesse Williams también) quien organizó en la Residencia Montellano de las jesuitinas un homenaje en torno al poeta universal. Participarían en él los profesores Gil Novales, Eugenio de Bustos, Aurora de Albornoz, el magnífico teólogo José María González Ruiz… y el escritor Andrés Sorel. Él fue el único que pudo abrir con su conferencia aquel homenaje tras la cual el gobernador civil prohibió su continuación. Sí, eran tiempos en que un gobernador estaba para prohibir la palabra, por ello, cuando recibimos con el paso del tiempo el peso de cuanto ha costado liberar el uso de la palabra precisamente podemos entrar en coma social al sopesar la cantidad de estupideces que hoy en día se muestran, a uno y a otro lado del espectador, por encima de la tolerancia.
Sin embargo, de aquel encuentro -que no pudo ser- sobre Machado quedó en salamanca el poso de un acontecimiento trascendental. Ya en plena transición aquellas conferencias censuradas se reflejaron en un libro que editó “Sígueme” y hoy pasa por ser un referente impecable en torno a la obra machadiana y su reflejo en la sociedad. Años después, gratamente, Juan José Coy publicó una esplendida “Biografía espiritual de Antonio Machado”, que junto a las de Ángel González, Tuñón de Lara, la misma “Guía popular” de Sorel o la de Aurora de Albornoz, cuando no las Obras Completas al cargo de Oreste Macro, nos proporcionan un espejo donde fraguar la poesía del hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno”. De entre otras cosas aparecidas sobre él, José María González Ruiz escribió un hermoso libro en torno a “La teología de Antonio Machado”, indagando en el interior de la palabra poética y asomando una serie de claves que asustarían hoy al mismísimo Rouco temblando ante otro teólogo como José Antonio Pagola y su “Jesús. Una aproximación histórica”. De Machado y sobre ello mismo, Juan José Coy detalla: “Probablemente si a Machado hubiera que aplicarle alguna etiqueta –sin que se vea razón para hacerlo– ésta podía ser la de "cristiano" en el sentido de la igualdad fraternal de todos los hombres, en su traducción de terminología vagamente religiosa, de valores evangélicos, de común unión entre cuantos se asegura que somos hijos de un mismo Padre que está en los cielos”. Es verdad que durante largo tiempo creímos leer en Antonio Machado este mismo sentimiento, sólo que a escondidas. Pero no.
No debe ser así. La Conferencia Episcopal puede armar bulla con la pantalla de la “Educación para la ciudadanía” pero lo que no puede evitar es negar en la lectura de la obra machadiana una proyección cristiana, progresista y abierta sobre la propia dignidad humana. ¿Suena a teología de la liberación?. Habita en Machado.

lunes, 2 de marzo de 2009

Slumdog Millionaire



Supongo que dado los tiempos que corren al personal se le debió de quedar cara de Benjamín Button precisamente viendo pasar una tras otra estatuilla sin detenerse por delante de Brad Pitt preguntándose si una gran interpretación contrasta con el resultado de los “oscar” ante otras grandes interpretaciones, pero desconocidas por el mercado y duras y salvajes en la vida misma. Debo de confesar que “Slumdog millionaire” me ha causado lo que hacía el tiempo el cine no me decía. Ya saben, si no la han visto, la película gira en torno a un joven concursante de “¿Quieres ser millonario?” que antes de enfrentarse a la última de las preguntas es secuestrado y torturado por la policía india porque sospechan que este chaval repartidor de te, analfabeto y pobre, haya podido amañar las respuestas. Sin enfrentarnos al final de la película, que es lo de menos, lo que lleva a conmover el espíritu del espectador es precisamente la respuesta de Jamal a sus verdugos: las respuestas a las preguntas estaban en su vida, desde niño hasta ese mismo instante en que aún el concurso no ha acabado.
Pasa la película, por tanto, por la dureza de uno de los suburbios de Bombay, la indigencia infantil y la crueldad, la inmisericordia y el terror de asomarse pese a todo un día más a la vida desde la sonrisa de un niño -el fascinante actor que apareció tras el “oscar”,- que no cejará de buscar la complicidad del amor mismo. Esa mirada sobre India es tan real como la palabra que nos da la novela de Vikas Swarup y que ha servido para que Simon Beaufoy firme el guión oscarizado junto a la espléndida dirección de Danny Boyle. Sí, una película dura, como suele decirse, ruda y sincera hasta el tuétano también. Y, además, una gran película. Si me permiten y uno no olvida los días de festival hace años gracias a este periódico, guarda la película una escueta lección de cine: el desdoblamiento narrativo que posee es fascinante, apoyado en un meritorio y también premiado montaje pero debido indudablemente a la adaptación de un guión fuerte, reforzado en un ritmo intenso y una narración espléndida. No nos cuenta una historias en paralelo, lo que sucede se guarda en la memoria del personaje y en ese juego la película posee una magia de difícil baile entre los periodos de la narración: el antes y ahora con el instante inmediato. Eso es oficio de maestros cuando se cuenta algo y en la película, por ello, hay momentos encomiables de gran cine. ¿Contar historias? ¿Contar una historia?. He ahí el difícil reto por el que un día Manckiewitz nos hizo espectadores de “Eva al desnudo”. Pues bien, uno piensa que en “Slumdog Millionaire” hay momentos para percibir lo genial.
Pasa el cine por enseñarnos también mucho de la vida y hacernos críticos frente a todo, tal como duele esta historia cruda donde la ternura y la buena factura de la historia así contada nos conmueve.No es de extrañar que mientras Penélope dedicaba el suyo a Alcobendas el niño indio escrutase un sonrisa fascinante junto a los actores que habían hecho el papel de crueles, mientras le abrazaban y protegían ante el premio más grande del cine.


miércoles, 21 de enero de 2009

Eureka

Cuentan que Arquímedes, cansado de ver la cantidad de agua que perdía cada vez que se metía en la bañera consideró una vez el hecho positivamente y salió corriendo a la calle, desnudo y salpicando a los viandantes a quienes gritaba: “¡Eureka! ¡Eureka!.”. Aquello era parte de su principio y el fin también de algunos idiotas. En realidad el bueno de Arquímedes había encontrado algo y por ello tiró del palabro histórico que siglos después Edgar Allan Poe utilizara también para componer una compleja y magnífica reflexión en torno del universo, breviario del significado del cosmos y trasunto de Dios, que consideró lo mejor de su obra. Estaba alucinado, nadie creyó en él y pese a la impecable sagacidad e inteligencia de quien ahora se cumplen doscientos años de su nacimiento, murió solo, perdido y borracho al doblar una de las calles lumpen de Filadelfia. Pues bien, entre el hecho de Arquímedes, la referencia de Poe y la investidura de Obama el universo sigue estando ahí arriba, pese a los satélites del google heart donde uno puede ver el tejado hipotecado de su casa y el resto de hipotecas colindantes en la recesión que vivimos. Época de depresión ésta, sí, a expensas de no atisbar nada que indique que ni Solbes ni Zapatero ni el mismo Obama presuman de salir mañana, desnudos o vestiditos, qué más da, a la calle que ya es hora de gritar eso de “¡Eureka!” y confiar ilusión en la vida de las gentes. Se hace difícil, pero quizá sea el trabajo de ilusionista el único que ahora puede testimoniar algo de luz sobre la realidad palpitante. Puede que, en el fondo, los arquímedes de hoy los poe de mañana trabajen ya como arduos burócratas a las órdenes de los lobbies, los gestores empresariales, las caras ocultas del poder sobre el cual el engranaje político proclama su propaganda. Lo que sucede es que de aquellos originales que dieron con el principio y con la fe nos queda el legado para explicar el sentido que hoy adquieren las cosas en torno a la imbecilidad contagiosa, la avaricia desproporcionada, la codicia imperante, el rencor furibundo, la penosa tesis de la envidia y el espantoso concepto del odio como animador común de la feria de vanidades que nos rodea. Éste es el nuevo principio de Arquímedes, lo que desborda la bañera y se escapa al tirar de la cadena en la sede de las bolsas internacionales, los consejos de administración de los bancos, la guerra de la cajas, los acuerdos financieros, las transacciones y los intereses creados. Todo tiene un precio: la bolsa o la vida, como el juego infantil que seguía con el botón de la barriga. He aquí el espectáculo de Poe, adivinador de cierto terror que viaja más allá de la literatura pues todo parece depender del pozo y el péndulo por donde gravita la vida de los mortales. Dedicaba Poe su gran obra sobre el Universo : “a los pocos que me aman y a quienes yo amo, a los que sienten más que los que piensan, a los soñadores y a los que depositan su fe en los sueños como únicas realidades”. Deseaba que su obra se juzgase como poema después de su muerte.
Es un gran refugio.

jueves, 15 de enero de 2009

Teoría del esperpento

Anda preocupada ella por no encontrar un jersey de cuello alto en Rebajas pues no los hay, -no busquen-, como si la lectura de “Gomorra” de Roberto Saviano le hubiera salpicado el secuestro de jerseis de cuello alto y los ladrones de guante blanco estuviesen detrás del asunto. Anda soliviantada con el tiempo, con los bajo cero, con el hielo y la pascua que hace la nieve cuando deja de ser un verso de Lalo Bartol en los dedos de la infancia y ahora es un problema. Anda rebotada con la derecha y la izquierda también de este país, común denominador una de la otra entre estupideces banales y ridículas, patéticas justificaciones, ninguna dimisión ¿y cuándo las hubo? ¿y cuándo las habrá?, como si el pasado hiciera valer el presente. ¿El futuro también?, lo que convierte a los políticos en botarates de la indecencia y en valedores de sus bolsillos, ruindades humanas e indecentes, y anda en fin la amiga con ganas, por tanto, de declararse en abstención permanente o transitoria como si el ejercicio de la política le hubiera otorgado cierta invalidez por falta de crítica frente a todo, de responsabilidad frente a los ciudadanos y de sensatez como honestidad. Se pregunta qué cara hay que tener para pedir explicaciones y para responde sobre el colapso de un aeropuerto cuando en este país hay más de tres millones de parados, o sea, más que toda la población de Castilla y León junta, que ya es decir por su hecho referencial. Imagina ella que nos pusiéramos a ver pasar las nubes toda la población de la comunidad autónoma frente a la tragedia de la vida y no saber cómo saldrá el sol al día siguiente. Anda queriendo cambiar de cadena en la tele, de dial en la radio, de página en el Quijote pero nadie le dice nada que tenga sentido propio ni sentido común. Así que se encuentra como decía Joyce, en la tesitura de creer que “ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema”. Algo así.
Anda pensando en cómo parar a Israel, aunque sea sólo como señal de protesta viva contra la barbarie, en conocer los gases que están experimentando los militares isralíes con la población palestina. Mientras, apura ella también una reflexión sobre el terrorismo machista contra la mal llamada violencia de género y al tiempo que vomita por el empacho de jueces y pilotos contra los mortales de aquí abajo, todo ella es en sí una muralla frente a todo. Pero esta mañana le ha entrado una carcajada y no ha parado hasta que esto escribo de reir y reir al enterarse que tanto el PSOE como el PP han puesto a trabajar uno a su “Laboratorio de ideas” y el otro a los pensionados de la FAES para acometer una definición sobre el estado de las cosas y sobre el mundo. Y en esas estamos mi psiquiatra y yo, riendo, socavando esa corte de los milagros sobre esta miseria política que nos rodea y entre la que cabe destacar también el olvido, desprecio incluso tortura moral que se ejerce en Salamanca contra espléndidos actores como Fernando Saldaña, Josetxu Morán o el poeta y escritor Raúl Vacas.
Vivimos sobre un esperpento, muñeca.

viernes, 9 de enero de 2009

Ya nos vale

Viendo la masacre de Israel sobre Gaza no sabe uno muy bien a qué atiende el concepto de la Alianza de las Civilizaciones, la inoperancia de la ONU y la hipocresía de la Unión Europea. No tenía mejor mensaje la precampaña electoral israelí que lanzar la invasión de Gaza a golpe de sangre y muerte como para recordar acaso otras invasiones terribles que dieron después con el genocidio judío mientras una Europa ardía en fascismos y otra se lavaba las manos hasta que les saltó en ellas la mina del drama. Sucedió una vez y tócala otra vez que ahora la lección de los judíos se la pasan en pasiva a los palestinos mientras en el resto del mundo rumia la provocación de los terroristas de Hamás. Al final, el terror se sale con la suya: se crea la naturaleza explosiva y se detalla la geografía donde hacerla estallar entre las víctimas habituales. Mientras tanto, es curioso observar cómo alguna canalla carga sobre el traje de chaqueta y pantalón que llevaba la ministra de Defensa en la recepción real de la Pascua militar. Sólo faltaba en este país que el detalle pasara desapercibido para el protocolo, que es ese otro concepto del cinismo hecho ciencia, materia de estudio en la carrera diplomática en lugar de otras asignaturas un poquito más preclaras para acudir con la palabra y no con el lanzallamas a la hora de resolver un asunto. ¿Surrealismo?
Confieso que estos primeros días de enero del año en curso tienen algo de rebaja en lo que se refiere al razonamiento simple. Vean por ejemplo al ministro de Trabajo. Guardo unas declaraciones suyas en torno al desastre que han supuesto las prejubilaciones, en la banca, en los teléfonos, en las fuerzas armadas (sí en la mili con galones también, sí), y... en RTVE. Pues bien, si resulta que entre todos pagamos el asunto de marras, ¿me quiere explicar el señor ministro de Trabajo cómo es posible que se siga aplicando el Expediente de Regulación de Empleo en RTVE y se mande al personal con cincuenta años a calentar pasillo, pero el de su casa?. ¿No es otro absurdo dentro de lo mismo?. ¿Quién paga?. ¿El ente? ¿El ínclito director de RNE zote y azote de “La noche menos pensada” y autor de madrugadas delirantes de bazofia como de las que uno tiene la obligación de pasar?. Ya dije que debe de ser cosa de estos fríos pero uno supone sospecha que todo está repartidito, como las transferencias autonómicas, como las autonomías también, repartiditas políticamente según ese concepto que se enmarca en los intereses de uno y otro signo. En este monopoly, por ejemplo, Castilla León tiene de Ruta de la Plata el sambenito pero no la seña de identidad, tiene vía de tren pero no se inquieten que ya la desmontan, para que no haga feo y es ahí por donde interesa que la finca quede bonita por aquello del Románico, la torcaz y el palo del 7 bajo par.¿Surrealista?.
Y hablando de pares, uno puede coger gratuitamente en las puertas del Clínico el “Diario Médico” y como cita del día leer ésta de Dalí: “La vida es aspirar, respirar y expirar”. ¡Leche! ¿En las puertas de un hospital?. Pleno surrealismo.

viernes, 2 de enero de 2009

Nochevieja



Ya en el pasillo, sintió que le crujían los huesos. Le había desvelado la próstata, lo que le obligaba a levantarse como si se tratara de un sms enviado en clave biológica. En tal estado, nunca podría encontrar un final para su novela, ni siquiera pensando en la amenaza de las dos semanas de plazo para entregarla. Se había empeñado en recordar los sueños uno a uno y creer que alguno de ellos le provocaría un argumento sin igual para el último capítulo. Por eso, últimamente solía dejar en el suelo, junto a la cabecera de la cama, un cuaderno y un lápiz de color, pensando que el alivio de la orina le ayudaría a escribir el desenlace soñado en una hoja de papel. Aquella noche creyó escribir tanto y tan deprisa que acabó rendido en la profundidad de otra somnolencia.

Regresó a Zamora con la esperanza de sacudirse algunos recuerdos que se fragmentaban en su memoria como el rompecabezas de un niño. Desde el autobús dibujó al otro lado de la plaza la memoria de un bazar en otro lejano lugar y de aquella mujer que no se arredró al ver destrozada la panificadora por un bombardeo. Desde el primer día que pasó frente a aquella ruina creció su interés observando el afán por evitar la cruda realidad. La veía junto a un niño que vestía una camiseta del Barça con un diez dibujado a la espalda, contrastando su apariencia como extrañísimo futbolista en una ciudad moribunda. Días después la descubrió atando las tuberías que quedaban desnudas, dándoles una sensación de órgano a la intemperie mientras las encajaba entre la metralla, lo que le daba una figura incierta de escultora en un museo de siniestros bajorrelieves. Fue entones cuando el capitán de Ingenieros ordenó detenerse un instante y las miradas de ambos coincidieron, la de ella y la suya, cruzándose sin conocerse, sin intuirse siquiera en aquella mañana, tan lejos, tan cerca aquella primavera de otras -pensó el capitán- mientras indicó al conductor del BMR que continuara camino. Hacía tres meses que se había desplegado sobre la pequeña ciudad encajada en un incipiente valle que disimulaba el carácter rocoso de la pequeña cordillera al este de Herzegovina con la misión de detectar y desactivar las minas que tras de sí había dejado el ejército serbio al retirarse de Sbrenika.

Mientras se veía frente al espejo salpicó su rostro de espuma y se fijó, solemne y malhumorado, en la cuchilla de afeitar. Fue entonces cuando recordó el cuaderno de notas. Corrió hacia el dormitorio, y allí estaba, en el suelo, entreabierta la libreta con un lápiz entre las hojas. Por un instante en muchos meses se sintió aliviado. Cayó de rodillas y temiendo que la espuma emborronara el papel se aferró a él como Long John Silver al tesoro que nunca disfrutó. Y leyó: “Al sentir su cuerpo en el suyo un latido se apoderó del rompecabezas extraviado en su infancia. Ella le dijo que cerrase los ojos. Su boca se había convertido en la cueva carnosa de una ballena. Sintió una profunda sensación de ternura mientras abriendo tímidamente los ojos observó que ella los tenía cerrados, como en trance, como si aquel descubrimiento maravilloso no fuera a acabar nunca. Bailaban. Era Nochevieja”.
Los otros



Ando estos días devorando otra vez la espléndida traducción del amigo Pollux Hernúñez -salmantino afincado desde tiempos de Plauto en Bruselas- que hizo en su día de “Oliver Twist” y una y otra vez el eco de Dickens se reproduce ante la vida como un espejo. Aunque se insinúe por parte de ellos que la cultura española ha exportado además del Instituto Cervantes el corte y confección de la picaresca económica allende los mares, mal que le pese a anglosajones, kuwaitíes y dubaitianos (si les extraña el gentilicio de esa finca artificial donde se juega el mundo no les asuste) nos queda aquí la ceniza de Dickens, las estaciones de autobuses y los cartones, los portales y San Martín compartiendo la capa con un mendigo mientras un adolescente se entretiene en quemar vivo a otro pobre que duerme donde puede y donde no le dejan. La España de “Plácido”, por otra parte queda aquí de nuevo, en la pantalla de la vida cotidiana y eso que si no fuera por el rastrillo aun la cosa iría a peor, quizás, pues en medio de tanto la solidaridad sigue siendo sinónimo de caridad bien entendida y no de justicia social. La crisis es como aquel concepto que el mismo Berlanga barruntaba sobre el erotismo como artículo para ricos mientras que la pornografía sería cosa de pobres. No es cuestión de proclamar el detalle de los nombres para situar los adjetivos. No parece correcto jugar con eso, con el lenguaje cuando haya quien cada vez lo pasa peor, más gente que lo pasa mal y el denominador de la pobreza bate registros de desigualdad. Por eso, encontrarse de nuevo con la lectura de Dickens nos lleva al paraninfo de los días y las noches, las madrugadas terroríficas de hielo y centella, y a quienes antes se les veía colgados resulta ahora que el mundo pende de una cuerda múltiple, y cualquiera puede caer de ella. Ni antes eran colgados ni ahora dejan de serlo; el lenguaje mata a veces por su propia desnudez.
Alrededor de este espacio resulta curioso el mensaje que el presidente de la Xunta de Galicia Toruriño le ha enviado al presidente Zapatero: “En Galicia hay dos lenguas”. O sea, claro. También. No en balde a una amiga profesora de Lengua de Signos le han preguntado –y que diga lo que cuesta, que no hay problema- si puede traducir la lengua universal de los sordos al gallego. No, no es coña. El asunto es que en estas cosas mandan quienes se olvidan que la cosa es seria y no coña, que el asunto de la enseñanza y de las posibilidades de acceder en el siglo veintiuno a la dignidad humana resulta con estos bártulos algo efímero. La bolsa de paro se augura mayor mientras la Bolsa en mayúscula hace negocio y no el suficiente como para que suba la minúscula y ello quiere decir que ante el hecho nos quedamos con los mensajes huérfanos de criterio. Corren tiempos malos.
Es como si se hiciera cierto aquel dicho de Montesquieu: “Para prosperar en este mundo hay que tener aire de tonto, pero sin serlo”. Vuelve uno al Dickens del amigo Pollux y ¡oh Dios! hete aquí la mezquindad y la avaricia fuera de la literatura, en la vida misma.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Candilejas: Ángel Campos Pámpano

Candilejas: Ángel Campos Pámpano

Ángel Campos Pámpano





La muerte –ayer mismo- del poeta y amigo Ángel Campos Pámpano (San Vicente de Álcantara, 1957 – Badajoz, 2008) además de sentir el zarpazo nos ha devuelto el retorno por un instante a la Facultad de los tiempos de la transición. Se ha hablado y escrito del hecho político que la universidad transmitía en la calle pero no es menos cierto que quizás más implacable era la vida intelectual dentro y fuera de las aulas sobre cuyos pilares se basa la olvidada transición precisamente, el puente a la democracia y los valores humanos, la tolerancia y la diversidad de ideas y juicios, el valor de la palabra sobre la violencia y la manifestación estética de unas vanguardias literarias que ante todo eran creativas y sugerentes. En la Facultad de Filología de Salamanca se fraguaban en la última parte de los setenta, un Aula de Teatro como el Juan del Enzina por donde pasaba la vida cultural en todas sus manifestaciones e incluso encerronas. Y también se fraguaba desde el Palacio de Anaya la fundación de revistas, como “Zurguén”, dirigida por el también poeta José Diego (hoy profesor en Barcelona) y “El Callejón del gato”, al amparo de Ángel Campos Pámpano por donde andaba una suerte varia de poetas hoy espléndidos literatos, José Luis Matilla, Quías Blanco, -como no Tomás Sánchez Santiago-, la palabra también hermosa de Fernando R. de la Flor, la poesía sonora de Jaime Siles –hoy a afortunadamente de vuelta a Salamanca-, y la de otros inevitablemente desaparecidos como Claudio Rodríguez, Javier Ángel Marigómez o no digamos Aníbal Núñez. Por allí andaba también la juventud de Gonzalo Alonso-Bartol, Marochi Vicente, Miguel Figuerola y la sombra de quien siempre recibía, Gonzalo Torrente Ballester, años antes de que el autor del “Don Juan” metiera la gamba con lo del “botín de guerra”.
Ángel Campos Pámpano tenía su doble en los heterónimos de Fernando Pessoa: Alberto Caeiro, Álvaro Campos y el inolvidable Ricardo Reis cuyas odas fueron el motivo de su primera traducción. Se casó con Carmen a quien dedicó su propia Lisboa y fundó una gran revista literaria como “Espaço escrito” consiguiendo además el Premio Nacional de Traducción y ampliando su palabra a los libros de Eugenio de Andrade o de Sophia de Mello cuya traducción de “Nocturno” es una maravilla. No será posible que recoja otro premio en Extremadura, pese a que su palabra esté caliente aún ante su amigo y poeta Álvaro Valverde. Fue Pámpano también uno de los primeros en acercarse a un tal José Saramago, cuando nadie hablaba del autor de “Memorial del Convento”. Pero Pessoa siempre ha estado en el fondo como el denominador de estudiantes que fueron un día de portugués y hoy lo son de Filología comparada, como Concha Baéz, otra salmantina, en la Universidad de Vigo. “Lisboa, bajo el celaje tenue del otoño, es casi un cuadro cubista tendido en la ladera” había escrito Ángel de la ciudad blanca. Reverberando algunas otras cosas, hace quince años Ángel Campos Pámpano hizo que la Diputación de Salamanca realizara un homenaje a la obra de Aníbal Núñez teniendo como voz la presencia de José Ángel Valente y la complicidad de su viejo amigo Suso de “Hydria”
Fue valedor Ángel de una palabra que ocupa su sitio en la memoria.

jueves, 6 de noviembre de 2008


Todo es posible



Has tenido que cumplir cincuenta años para que veas a un negro en la Casablanca y sientas que al decirlo ni tú ni los que te lean o escuchen lo entienden como racismo, sino como todo lo contrario, porque la intención es la de la misma dignidad humana y la descripción de lo que dices evoca la memoria de Martin Luther King según la cual “todos los hombres deben de ser juzgados por sus capacidades y no por el color de su piel”.
Han pasado años e incluso muchas generaciones que dejaron todo en el camino –el mismo doctor King a quien leías antes de otras cosas- no han podido ver lo que tú ahora tienes ante ti, lo que se da en llamar un momento histórico. Si alguna vez ese dicho tiene razón de ser, circunscribiendo su significado al momento presente y no al pasado es ahora, cuando “todo es posible”. Esto sí forma parte de la historia, aunque sea en minúscula, porque afecta a millones de personas motivadas por los derechos civiles, necesitadas para ser tenidas en cuenta, golpeadas hasta la saciedad por injusticia y desamparo. No sabemos si en el fondo cambiará algo pero algo ya ha cambiado, aunque en la geografía profunda del sur que en las películas protagonizan un sheriff bruto, cuatro holgazanes y un hatajo de cobardes salpicados de odio y mentiras y en cuyas carreteras daría miedo que se te acabase la gasolina haya votado el mismo racismo que les porfía. Son como cadáveres vivientes ante la herencia de Bush, es la gran infamia libre de sospecha sobre lo que él mismo emprendió: una guerra sin cuartel, bestial y profunda sin venir a cuento, cuya resaca sufrimos ahora en todo cuanto nos rodea, aquí y allá, dentro y fuera de donde se toman las decisiones y se juega con el mundo como Chaplin lo hizo con un globo para desmontar con ironía la crueldad de un sanguinario. Entonces, ¿Cómo no todo va a ser posible?. Incluso las palabras hermosas de McCain en la derrota ante Obama han tenido lugar. Con algo que nos quede, es suficiente, con la ilusión de Obama y la solidaria manifestación de júbilo por algo que quizás no tarde en cambiar aunque no llegue a cambiar del todo pero en el reto para intentarlo queda la misma capacidad por ilusionarse ante la crisis y sentir lo que trasciende como en el resto del mundo, país por país, lugar por lugar, rincón por rincón. Ese es al menos el común denominador que uno ha encontrado a través de internet conjugando un verbo con esperanza. Por tanto, que falta hacía -pero a ver quien le pone el cascabel al gato- que todos los medios de comunicación españoles nos advirtieran que no estamos en crisis y desembarcaran en la jornada electoral USA como si se tratara de un mundialito o de otro descubrimiento de la América de Colón en el postre. Ha debido de haber más periodistas españoles que senadores proclamados, y ello quiere decir que una de dos: o estamos locos o esto es jauja. ¿A quién le explica hoy la prensa para qué sirven las nuevas tecnologías sino para procurar la inmediatez informativa?.
Por eso, todo es posible.