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miércoles, 24 de noviembre de 2010

En estos días de noviembre recordamos a Claudio Rodríguez




La contradicción del amor

Un momento, sólo uno, podría definir la vida de un ser humano. Hablo de decisiones mínimas y sin embargo poderosas, determinantes. Si a alguien le diera por echar la vista atrás, descubriría que su vida es una sucesión de eso mismo, de elecciones aparentemente triviales, anodinas en su mayoría. Sumándolas , una a una, nos dan el resultado de lo que somos. El instante es, digámoslo así, la pieza clave. Por eso, soy de la opinión de que, para conocer a alguien, habría que juzgarlo a partir de estas minúsculas elecciones. Lo anecdótico es una forma solapada de la costumbre.
Hace unos años le escuché a Francisco Brines una de esas anécdotas a las que me refería en el párrafo anterior. Contaba Brines que sorprendió en una ocasión a Claudio Rodríguez en un bar, con una copa de vino. Hasta aquí nada resultaría extraño, si no fuera porque a Claudio Rodríguez no le gustaba el vino. Eso mismo le recordó al verle frente a la copa. Claudio admitió que, efectivamente, no le gustaba. Y, sin embargo, su reacción no fue la de rechazar esa bebida prodigiosa, sino la de pedirle una nueva copa de vino al camarero.
Esto fue, más o menos, lo que nos explicó Francisco Brines una tarde, hace más de ocho años. Desde entonces, esa misma anécdota me ha acompañado y desde entonces también he tratado de buscarle una explicación. Hubo un momento, incluso, que escribí sobre ella, sobre lo que significaba. Sobre las verdaderas razones que se esconden en una decisión tan confusa, tan contradictoria. Pensaba, creo recordar, convertirla en un cuento. O en un poema cuyo tema fundamental fueran las paradojas de la vida cotidiana. Pocas cosas se le resisten a un joven escritor. Más si tiene entre las manos una anécdota poco conocida de un autor conocido. Ser el único portavoz de una historia, esa es la premisa. Con el tiempo, la idea del cuento se diluyó y el poema, si se escribió alguna vez, apenas tomó como punto de partida esa anécdota. Sin embargo, uno ha llegado a comprender que la forma puede abandonarte, pero el contenido, si es medianamente importante, te acompaña siempre. Por eso, aquella reacción de Claudio Rodríguez sigue ahí. Es, sin duda, una de esas historias que crece en mí con el tiempo. Abandonadas aquellas aspiraciones de contador de historias olvidadas, me quedo al amparo de las notas, los pequeños comentarios y las frases escritas siempre al margen. Varias de ellas crecen en un cuaderno. Algunas, pueden imaginar, se refieren a Claudio y al episodio de la copa de vino. La más importante, que rescato ahora, no es mía, sino de Esquilo: “sólo quien sufre, sabe”. Esa sería una de las sentencias con las que resumir el episodio de Claudio. Demasiado grandilocuente, quizás, pero oportuna. Más adelante, he añadido otras, como aquella de Voltaire en donde nos explica que aquel que no se contradice a sí mismo al menos tres veces al día es idiota. El creador, antes que nada, debe ser un motor que genere dudas. La contradicción es fundamental, porque lo que nos ha venido demostrando la Historia es que no hay verdades absolutas, sino gamas intermedias, matices, puntualizaciones. Eso es lo que practicó Claudio Rodríguez en su poesía. Me vienen a la memoria dos de sus versos: “Así estoy yo sintiendo que las sombras/ abren su luz”. Y también: “Yo me pregunto a veces si la noche/ se cierra al mundo para abrirse”. Serán esos juegos dialécticos, cargados de profundidad e intensamente sugerentes, los que siguen acompañándome. Los que, con el tiempo, me hacen volver al poeta zamorano. Como él mismo escribe, “hay demasiadas cosas infinitas”. La buena poesía es una de ellas. Y la de Claudio lo era.
Cuando busco un ejemplo de paradoja cruel pienso en Walter Benjamin y en un verso de Don de la ebriedad. Es este: “mortal como el abrazo de las hoces”. En pocos endecasílabos se ha logrado expresar con tanto acierto la enorme contradicción del amor. Claudio Rodríguez es un poeta sin apriorismos. Se abre paso en cada verso. No hay verdades preconcebidas, ni manifiestos prescritos. Es un poeta que habla y genera camino. Y esa misma ruta, si pretende ser fiel a sí misma, está plagada de dudas, de contradicciones, de caminos de ida y vuelta. Como es, o debe ser, la poesía imprescindible.
Una decisión, por trivial que parezca, puede definir a un hombre. Una elección contradictoria duplica las posibilidades. Y las historias que perduran en nosotros quedarán, casi siempre, inconclusas. Aquí reside uno de los motivos por los que merece la pena leer a Claudio Rodríguez.

Álex Chico
Barcelona, octubre de 2010



Un don

Seguramente alguien se ha planteado, como yo, la pregunta: ¿qué se puede decir de la poesía de Claudio Rodríguez que no se haya dicho ya? No hablo, claro, de la investigación filológica o lingüística ni de ningún aspecto científico o técnico derivado de ese escudriñamiento. Me refiero a las conclusiones de un lector cualquiera, aunque siéndolo de poesía lo de “cualquiera” induzca casi siempre a confusión o sospecha.
A principios de los ochenta, las primeras ediciones de sus libros estaban agotadas, como los de casi todos sus compañeros de promoción poética, los del 50; un grupo, cabe añadir, que tanta importancia acabaría teniendo para los de la mía, precisamente aquellos que empezábamos a publicar en esos mismos años.
Tengo la certeza de que el primer libro del poeta que compré fue la antología de Philip W. Silver que publicó Alianza en 1980; no en vano, uno empezó a ser lector gracias a la memorable colección Libro de Bolsillo. Luego llegaron Desde mis poemas (Cátedra, 1983) y el Claudio Rodríguez, de Dionisio Cañas (1988) que apareció en otra colección de grato recuerdo, Los Poetas, de Júcar. Del libro de Cátedra me cautivó su prólogo, esa poética lúcida que supo poner delante de sus cuatro primeros libros, los que durante mucho tiempo se creyó que formarían el corpus completo de su poesía.
Yendo a lo que importa, de entonces, la memoria retiene un deslumbramiento. El don de aquella luz que pasó del cielo al papel y, ya desde los versos, a uno mismo. De otros poetas puede haber uno olvidado cuándo los leyó por primera vez y lo que sintió al hacerlo, no, para mí, en el caso de Claudio Rodríguez. Aunque como todos los de verdad grandes, inimitable (salvo para caer en el plagio), quiero creer que algo de su poesía, de aquella remota luz, llegó también a la que escribí unos años después. Si bien su huella no es perceptible en mis primeros poemas dignos acaso de tal nombre, incluido mi primer libro (del 85 y con aires novísimos), en el segundo, Las aguas detenidas, la cosa cambió. Él era en ese momento uno de mis poetas de cabecera, al lado, por ejemplo, de sus adorados poetas románticos ingleses. Detalles como la presencia de la naturaleza, por un lado, y el uso de ciertos recursos poéticos –como el de la rima asonante, pongo por caso- dan fe de esa humilde coincidencia. Más allá, hay algo en el tono (que en poesía, ya se sabe, lo es todo), en lo que tiene de meditativo, que puede vincularme, siempre a debida distancia, al poeta zamorano. Algo, por otra parte, que ya destacó el crítico García Posada cuando aludió a mi cercanía a la “tradición anglosajona”, en “la línea que va de Cernuda a Jaime Gil de Biedma, sin olvidar a Claudio Rodríguez”. Y tanto. Algo, en fin, que también advirtió uno de los críticos que mejor conoce la obra del autor de Don de la ebriedad, Luis García Jambrina.
Como nunca he dejado de leerlo, dudo que su influencia haya cesado. Puede que no de manera tan clara como en ese libro que, a su manera, le rinde homenaje. Su lección quedó, por suerte, aprendida. Para siempre.
Llegué a conocerlo personalmente. En un tórrido día de julio del 92, en la Universidad de Alcalá de Henares. Me llamó en voz alta, como si me conociera de toda la vida. Y eso parecía cuando me abrazó. A la hora intempestiva de la siesta, tras una copiosa comida que él regó con abundante vino, leímos poemas juntos. Cada poco me interrumpía para hacerme tal o cual comentario, para señalarme tal o cual observación. Luego tomó la palabra y le escuchamos recitar en absoluto silencio. Cada vez que leo un poema suyo, le oigo. Muchas tardes, cuando paseo, si la poesía se me cruza por el camino, también me acuerdo de él.
Álvaro Valverde

AVISO PARA CAMINANTES

Ignoro si la literatura podría entenderse sin los libros, e ignoro si la literatura podría hacerse sin ciertos elementos que rodean al libro. Puede que sí, pero a mí me cuesta imaginar la literatura, pongamos, del siglo XIX, sin sillas. No sé cómo demonios se las hubiesen ingeniado Flaubert, Víctor Hugo, Zola o Mallarmé, pongo por caso, para escribir sus ingentes páginas sin una silla donde el cuerpo no molestase a las otras cosas. No hay duda de que la historia de la literatura, al menos gran parte de la del XIX y la mayoría de la del XX, se ha escrito sentada. La poesía no es una excepción. Las cosas se abren para dar paso a las almas. Pues bien, cuando en la poesía la oralidad se abrió para dar paso a la orgía de las imágenes, los poetas tuvieron que sentarse. Me cuesta imaginar la inmensa arquitectura de imágenes de los surrealistas, postistas, malditos y benditos, levantadas sin una silla. La escritura, en su forma de inscripción como ha dado en ser, requiere una burbuja donde el cuerpo y la mente adopten formas muy especiales, y el escritor necesita su trono, desde donde pueda desencadenar la energía del rito, la forma simbólica de la suspensión espacio-temporal.
Tampoco es muy diferente el hecho lector. Cómo escribir semejantes obras sin una silla, y sin una silla, cómo leerlas. La silla permite al cuerpo un estado idóneo para el resplandor. Más claro, Rodin. Su pensador sólo podía aparecer sentado. Es probable que el siglo de las luces no hubiese podido ser tal si no hubiese sido al tiempo el siglo de las sillas.
Todo esto a la poesía no le ha pasado desapercibido. Los poetas, desde hace un par de siglos para acá, han sentido una particular atracción por los cafés como centros de escritura. Han necesitado sentarse, sentarse en medio de sus bibliotecas para crear sus obras. Sentarse para contar al mundo la historia del mundo. Puede que la poesía naciera como una herramienta óptima para economizar la memoria, que es siempre un arte. Después la poesía y la literatura quisieron ser la memoria misma de los pueblos. Y al fin después, la memoria natural del hombre necesitó seguir avanzando, y creó otros tipos de memoria. Al fin la poesía pudo disociarse de la memoria para asociarse con los sueños. Pero al hacerlo, ocurrió lo que ocurre. Que sin sillas no hay contrato con los sueños, ni con la imaginación, ni con la imagen, ni con el proceso mismo de escritura. Así, en este siglo cuyas literaturas han nacido de las sillas, nadie podía llamar más la atención que un poeta como Claudio Rodríguez, que a mitad de todo el maremágnum irrumpió en mitad de la pista de baile para declarar que esa obra maestra llamada Don de la ebriedad había sido escrita caminando, al igual que lo serían casi todos sus poemas posteriores. Claudio mismo se dio cuenta de que el hecho físico del caminar condicionaba el ritmo del poema. La forma del poema. La esencia del poema. El hecho mismo del poema, diría yo. No es casual que su “Canto del caminar”, que constituye una expansión de su significado, fuese el punto dinamizador y el eje en torno al cual girase la imparable estructura de Don de la ebriedad. Sus poemas tienen el ritmo del caminar, forma con la cual el poeta pretendía excavar un cauce que llegara hasta la creación del ritmo de las cosas, y no evocaran, sino transportaran en los propios versos la esencia misma del movimiento. Por eso los poemas de Claudio Rodríguez, que suenan a pasos, nos suenan y sonarán siempre tan diferentes.
Es curioso. Es sublime. Don de la ebriedad, el libro que camina, no llega a ningún final, no tiene principio ni fin, es un libro circular, un libro de poemas que es un solo poema, fragmentos que nos conducen de unos a otros perpetuándose a sí mismos, porque ellos son el camino que se recorre a sí mismo. Cuando la literatura era por naturaleza una energía mnemotécnica, y la memoria el camino del aprendizaje, cuando lo canónico es un arte de la memoria apareció Claudio Rodríguez, un poeta más cerca del paso que de la huella, más cerca de la respiración que de la palabra. Si la literatura, según Bloom, se contagia de todos los miedos del hombre, diremos que también el hombre se contagia de todas las soluciones de la literatura. Si la poesía es fingir que es verdad lo que es verdad, como dijo Prados, nadie podrá rebatir todo el camino que la poesía avanzó con aquel poeta que para escribir, caminaba. Claudio Rodríguez.
David Vegue


El epitafio de Claudio Rodríguez

Una amiga zamorana, admiradora y estudiosa de Claudio Rodríguez, que tiene acceso a sus papeles, me ha enviado una cuartilla doblada aparecida entre las páginas de un libro de la biblioteca del poeta, con el ruego de que le traduzca los dos renglones que contiene:

OCELO ME GENVIT, RAPVERE BRITANNI, OBEOQVE
VRSALIA. CECINI PARVVLA RVRA LVCES.

La letra, dice mi amiga, es la de Claudio y muy clara, aunque la última palabra aparece tachada.
Lo primero que llama la atención es que un hombre tan modesto como Claudio se equipare así a Virgilio, pues estos versos son un remedo del famoso dístico elegíaco que para su epitafio compuso el gran poeta romano:

MANTVA ME GENVIT, CALABRI RAPVERE, TENET NVNC
PARTHENOPE. CECINI PASCVA RVRA DVCES.

Nací en Mantua, morí en Calabria, en Nápoles
yago: canté a pastores, campos, jefes.

La traducción del dístico de Claudio, que comento a continuación, podría ser:

Nací en Zamora, Albión me atrajo y muero
en Madrid: canté a niños, campos, luces.

Ócelo es el nombre celta de Zamora (de Ócelo Dorum: «promontorio fortaleza»), que en latín daría Ocellum Durii, lo que ha llevado a algunos a traducir erradamente «Ojito del Duero».
Por Britanni cabe entender, no solo las dos ciudades inglesas en las que Claudio fue lector de español, Nottingham y Cambridge, sino su veneración por los ingleses que le marcaron como poeta, especialmente Wordsworth, Dylan Thomas y T. S. Eliot, al que con tanto empeño y cariño tradujo. Nótese cómo usa el mismo verbo, rapio, con diferente sentido: donde Virgilio entendía «arrebatar (la vida)», dice él «cautivar (el alma)».
El hecho de que él mismo diga que muere en Ursalia, uno de los nombres de Madrid (como lo abona el oso de su escudo), no es sorprendente, pues, residente en la capital, era natural que contemplara en ella el fin de sus días. El uso que hace del presente, obeo (en vez del pasado obii), sugiere que en el momento en el que escribe esos versos se ve ya cerca de la muerte.
Lo más importante es lo siguiente, pues, al igual que Virgilio, resume su poesía en tres palabras: PARVVLA significa «menudencias», «pequeñeces», pero también todo lo referido a la infancia, que tan presente y decisiva es en su poesía. RVRA encierra lo que conocemos de su amor a la tierra: sus largas caminatas por el campo, sus conversaciones con los labriegos y su admiración de la naturaleza como madre generadora de vida y de belleza (justamente lo que esa palabra designa en Virgilio: sus Geórgicas). La voz LVCES tachada no debería hacernos pensar que el poeta se corrigió porque entendiera que su poesía no fuera luz, cosa que sería negar un elemento fundamental y omnipresente en su obra desde aquel sublime primer verso de su primer poemario («Siempre la claridad viene del cielo»). De ninguna manera. Es evidente que quería jugar con el vocablo de Virgilio, alterarlo mínimamente mediante el cambio de una letra, para dejar claro que lo suyo no era cantar a jefes militares sino a la luz, pero seguidamente se dio cuenta —como buen conocedor de la métrica latina que era—, de que la palabra que había elegido no le valía, pues si la primera sílaba de DVCES es breve y por lo tanto encaja perfectamente en el último dáctilo del pentámetro, la de LVCES es larga, con lo cual el verso quedaba cojo. Por eso tachó esa palabra y, a lo que parece, no tuvo ocasión de volver a ello y sustituirla por otra mejor.
Seguramente se olvidó de la cuartilla, que quedó perdida entre las páginas de ese libro (una edición bilingüe del Arte poética de Horacio) con el imperfecto dístico que guardaba. Lo interesante de esta minucia latinesca es que Claudio se compara en ella con su admirado Virgilio. Con este juego se declara discípulo y compañero de aquel romano con el que compartió tanto y, en primerísimo lugar, eso que podríamos llamar melodía semántica, la indisolubilidad de fondo y forma, que tan bien define a ambos. Con tachadura o sin ella, este epitafio podría figurar muy bien en la tumba del cementerio zamorano donde reposa el poeta.

Pollux Hernúñez



POESÍA Y FANZINES


El fanzine fue el principal vehículo de expresión utilizado por la cultura juvenil en los inicios de la transición democrática española. Se convirtió en la fórmula más económica de expresar las inquietudes y el afán creador que invadiera a una juventud electrificada por la novedosa sensación de libertad, a finales de los años setenta. Una energía que perdería su fuerza inicial con el primer gran desencanto, acaecido en marzo de 1986. En el blanco y negro de aquellos ephemera culturales se percibían los tonos de la cultura underground que había llegado al país con más de una década de retraso. Allí se escribiría la ilusión volandera de una generación y algunos nombres consagrados del panorama artístico y literario actual comenzaron a firmar sus trabajos en aquellos papeles. El fanzine llegó a ser un humilde remedo de las revistas vanguardistas que inundaron España a finales de los años veinte del siglo pasado. Aquel fenómeno fue posible gracias a la fotocopia. La proliferación de fotocopiadoras pareció uno de los hechos más relevantes para la década y es difícil entender la cultura de aquel momento sin comprender lo que entonces significó aquel invento por su capacidad mediática a un bajo coste. Aquellas fotocopias grapadas o encoladas a la americana que se intentaban vender en los bares más enrollados se llenaron de cómics, de artículos musicales sobre grupos anglosajones y, sobre todo, de poesía.
Nuestra poesía estudiantil aspiraba a conseguir la altura de los escritores que intentábamos imitar: la levedad sonora de José Ángel Valente, la persistente lucidez de Gil de Biedma, el efectismo barroco del primer Gimferrer o el simbolismo cercano de Claudio Rodríguez. Y éstos y otros nombres, sus versos aprendidos de memoria, los titulares más rotundos de su poética, eran un báculo en el que apoyar nuestro afán de cultura y las razones teóricas de nuestros esfuerzos creativos. Resonaban los versos entre los edificios más vetustos de la ciudad: en el claustro de la Universidad Pontificia, donde se organizaban recitales y se presentaban libros auspiciados por la cátedra de poesía. Y resonaban también en algunos locales nocturnos, bares al límite de su propio nombre, donde los recitales se impregnaban de olores sin legalizar.
Es más sencillo definirse en el pasado. Entonces todos éramos jóvenes y de izquierdas. Tropezamos con nosotros mismos cuando, al abrir los cajones repletos de recuerdos con la intención de liberar espacio en el trastero, aparecen poemas escritos en la olivetti paterna que fueron repetidos doscientas veces, como en un castigo industrial, por la fotocopiadora. Mientras nos invade un extraño sentimiento, los leemos a media voz, para dejarnos engañar por su brillo antiguo. Una vez más. Penúltimo destello del poder que otorgamos un día a las palabras.


Miguel García Figuerola



Lo febril permanece


Leíamos a Claudio Rodríguez en la mili, antes de la retreta, como espejismo de una tarde que habíamos pasado en “El paraguas”. El tumultuoso bar de Colmenar Viejo, -en nada parecido a “La Golondrina” que pintó Pedrero, o puede que sí, porque “sólo la claridad viene del cielo”,- era garito de voces, camisas verdes y botas encharcadas y algo tenía que ver con la melancolía. En todo caso, leíamos en voz alta, como un conjuro, y a un verso de Claudio contestaba otro con Gil de Biedma y así hasta que sonaba la trompeta. Incluso hasta después, pero ya en peligro.
Hay palabras cuyo olvido es imposible porque en ellas habita una razón de ser tan fuerte que las hace imprescindibles. Sucede con el poema. No digo con la poesía; eso es otra cosa. Un poema permanece si acontece en un día que guardaste cama, en un proceso largo y detenido de tu vida, ya en la infancia o adolescencia, ya en el círculo polar ártico más allá de los treinta, o en el instante en que no sabes quién eres ante el medio siglo. O más allá, entre las miradas de quienes velan aún o encendieron tu vida una vez. En ese tiempo febril, o en el lecho de la dolencia cuando guardas cama, la fiebre se hace cómplice de su pasión y la temperatura envuelve en recuerdo permanente poema que guardarás para siempre.
Sobre cómo es posible escribir “Don de la ebriedad” un poema así a los diecisiete años sólo podría responder Rimbaud y está en el infierno. Desde ese no lugar podría contestarnos como quien abre la puerta de los extramuros de las palabras para confesarnos que, en realidad, ese es un asunto que habita en los ecos de la trascendencia. ¿Acudiría Rimbaud a considerar lo que muchos pensaron sobre aquel joven de Zamora cuyo atrevimiento había sido explorar desde la palabra ebriedad el acto de convertirla en don y que tal cosa tendría un final próximo a la genialidad?.
Constata Tomás Sánchez Santiago que los versos “tan extraños y envueltos en un optimismo mortal causaba estupor” refiriéndose a: “Tú no sabías que la muerte es bella/ Triste doncella”. Y añade: “Y quien había celebrado todo lo que amasa el hombre (la mentira, el dolor, la alegría, el arrepentimiento...) terminó por conocer que también la muerte era un misterio hermoso que de pronto culminaba la travesía de la vida del lado claro de las realidades luminosas”.

Hubo un tiempo en que la literatura sacrificaba precisamente este concepto “realidades luminosas” en el pálpito de las palabras. Si la bien o mal llamada “Generación de los 50” tuvo su apoyo en los poetas del conocimiento y bucearon aquellos en el mencionado Rimbaud, Hölderlin, Rilke, Eliot, es verdad que la sombra de Antonio Machado y Juan de la Cruz permanecía en vigilia aguda y hoy la lectura de los mismos desdobla los márgenes de un río ilimitado.
Luis García Jambrina, gran conocedor de la obra de Claudio Rodríguez señala la trascendencia del aspecto “simbólico” en la obra del autor que nos concierne. A la edición realizada por el mencionado crítico de “Don de la ebriedad” (Castalia, 1998) y de “Hacia el canto” (USAL, octubre, 1993), libro conmemorativo del II Premio Reina Sofía que recibiera hace casi veinte años el poeta universal nacido en Zamora, hay que añadir la generosa y grandiosa edición facsímil de “Alianza y Condena” realizada hace unos años. Incide en la evidencia de Claudio Rodríguez ante el viejo y duro diálogo entre la verdad y la belleza. ¿Definición del don?. Al menos, de su transparencia. Concluyamos sobre los primeros versos que sirven para cuanto escribimos: “Siempre la claridad viene del cielo, / es un don: no se halla entre las cosas/ sino muy por encima, y las ocupa/ haciendo de ello vida y labor propias”.
Versos grabados con el corazón y la memoria, así son los términos del verbo “recordar”, he ahí el eco en aquel bar de la mili, espontáneo, lejano y frágil, hueco y duradero también, en la universalidad de un día cualquiera. Así, la poesía de Claudio Rodríguez nos invita a una celebración junto al río Duero al que el poeta no en balde llamó “duradero”.
Reconocerlo hoy, del brazo de alguien y por la Cuesta del Caño, no es sino un acto de fe en la palabra poética así como celebrar su encuentro en la mesilla de noche ante un vaso de leche fría, como una paradoja épica, por cuanto febril, el poema permanece.
Aníbal Lozano



domingo, 21 de noviembre de 2010

Entrevista con Miguel Cruz Hernández, filósofo arabista

“Entre el pasado y el presente del Sahara hay derechos humanos”
En una mañana de sábado madrileña un rayo de sol otoñal acaba de entrar por el ventanal del salón, yéndose hacia la biblioteca donde conviven “Lo bello y lo sublime” de Kant con “La guía de los perplejos” de Maimónides y los dos volúmenes de la Historia del Pensamiento Islámico de Miguel Cruz Hernández. Este intelectual español, catedrático de Filosofía y Psicología en las Universidades de Salamanca y Madrid y eminente arabista mundial tiene una cabeza prodigiosa a sus noventa años, una sensibilidad exquisita, una afectuosidad inmensa y la sencillez de un sabio. En este amigo de Avicena, Averroes y Maimónides se halla también una de las personalidades docentes más prestigiosas de la cultura española y al mismo tiempo un hombre que ha guardado una inquebrantable dignidad en su paso por la política. Fue llamado “el alcalde rojo” de Franco y llevó el agua a Pizarrales. Algo difícil que su palabra explica con la huella de su magisterio.
-¿Cómo es posible que un profesor de Filosofía, un arabista doctorado por la obra de Avicena y sobre todo, una persona que tenía un pasado certeramente republicano, fuera nombrado Alcalde de Salamanca por Franco en los albores de los años cincuenta?.
-Yo creo que ahí hubo un punto de error por ambas partes. En primer lugar, creo que el gobernador civil, José Luis Taboada, consideró oportuno cambiar al alcalde. Fue entonces cuando pensó en mí por lo que yo escribía en la última página de la Hoja del Lunes que dirigía Enrique de Sena. Eso, quizás, despistó al gobernador civil, porque hice un curriculum vitae negativo, clarísimamente negativo, desde uno de mis bisabuelos, republicano de la I República y a mi padre que fue depurado después de la guerra y trasladado de Granada a Cartagena. Por otro lado yo había estado en el ejército republicano, y además, por decirlo en términos futbolísticos, forofo de la FUE y afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas. Así que tuve que decir que me sentía muy honrado pero que esa era la realidad. En un principio pensé que eso les haría olvidarse de mí pero luego, por las razones que fueran, y tras el paso por Salamanca de Manuel Fraga, entonces flamante Delegado Nacional de Asociaciones del Movimiento, – ahora es un gran amigo mío- debieron de cambiar de opinión. Esas fueron las circunstancias.
- Pero su carrera política no se detuvo…
- Mi contacto con la política de entonces dependía de una cosa administrativa y otra cosa ideológica. La administrativa era que Joaquín Ruiz-Giménez me propuso como subdirector general del Instituto Hispanoárabe de Cultura. En la parte ideológica, era lector de “Escorial”, donde escribían Tovar, Laín y Ridruejo, los de la utopía joseantoniana, para distinguirla del falangismo simple Era lo único potable que existía, pero naturalmente reconociendo que se trataba de una utopía pues ellos limpiaban los textos de José Antonio de las boutades fascistas que allí salían. Laín y Tovar, por ejemplo, no iban a pensar que Rousseau era una persona reprobable y por supuesto no podían comulgar con la dialéctica de los puños y las pistolas. En cierto modo trataban de un futuro que nunca existió, por eso digo lo de utópico.
- Llegó usted en 1974 a dirigir la Dirección General de Cultura Popular y el Instituto Nacional del Libro.
- Yo había determinado, por necesidades familiares, no tener ninguna actividad política, aunque me la ofrecieran, pero me llamaron para presidir el Instituto Nacional del Libro, y por amistad con el ministro León Herrera, acepté. Recuerdo que antes de tomar posesión llamé a Enrique de Sena, que era un periodista excepcional que dirigía “El Adelanto” y le dije, mira, no está en la calle pero pasa esto y a él di las primeras declaraciones. Por otra parte, Ricardo de la Cierva que, era director General, pegó un portazo y se fue, ni siquiera esperó unos días. Yo pensaba que iba a estar allí seis meses, pues estaba seguro que habría crisis de gobierno porque aquel gobierno de Arias era muy flojo y Franco ya flaqueaba, pero tras su muerte, me quedé. Por tanto, viví en esos tres años con dos jefes de Estado, Franco y el Rey; dos presidentes de Gobierno, Arias y Suárez y tres ministros de Información y Turismo, León Herrera, Martín Gamero, que estuvo seis meses y lo pasé muy mal y Reguera Guajardo, que debió de ser un nombramiento para el Consejo pues quien de verdad ejercía como ministro era Sabino Fernández Campo que entonces era subsecretario, hasta que lo llamó el Rey.
- Es inimaginable la percepción de cuantas cosas pudieron pasar ante la mesa de trabajo de este hombre de la que nunca ha faltado un ejemplar de “La metafísica de Avicena”, su tesis doctoral, que le abría camino como uno de los más grandes arabistas de nuestra historia reciente junto a Asín Palacios. Y tampoco faltaba de aquel despacho frío del ministerio la obra que dio origen a su perspectiva filosófica: “Lo sublime y lo bello” de Kant. En aquel tiempo histórico, término este que se usa con frecuencia para indeterminados asuntos de pacotilla, uno piensa en el referente de este hombre sabio y prudente ante la mirada perpleja de los acontecimientos y la voluntad de querer cambiar las cosas desde la palabra. Se me ocurre, por ejemplo, pensar cómo Miguel Cruz razona ante el ministro León Herrera la idea del Premio Cervantes poco después de la muerte de Franco. Y cómo, casualmente, la orden ministerial lo aprueba en el día de San Miguel, el nombre del místico olvidado por la Iglesia, Miguel de Molinos; y el de Unamuno también, con quien coincide en tantas cosas incluso en su misteriosa poesía de la que habla con modestia. No olvida este profesor de voz humilde y aun hermosamente musical en su eco andaluz, aquellos días de tormenta sobre la legalización del Partido Comunista: abril, 1977. ¿Quién entregó aquel primer Premio Cervantes a Jorge Guillén?
- Yo se lo entregué. Se lo entrego yo porque no hay quien quiera hacerlo. Eso es lo más curioso. En primer lugar, intenté, por los conductos que yo tenía que fuera el Rey. Y si no, Suárez, pero da la casualidad que en aquellos días están todos nada menos que en el reconocimiento del Partido Comunista. Y claro, estaba Jorge Guillén. Tengo que confesar que aquello me acercó a lo que había sentido desde niño cuando mi madre me leía a poetas del 27, especialmente a Lorca, Salinas y Buendía.
- Y además del asunto del Cervantes, usted asistió muy de cerca, por su condición de arabista, a la crisis del Sahara que provocó en vísperas de la muerte de Franco el rey Hassan II con la llamada “marcha verde”.
-El ejército tenía muy buenos traductores. A mí me mandaron dos o tres libros que había publicado el gobierno de Marruecos, en francés. Uno de ellos era de un italiano en el que se manejaban datos históricos que vindicaban el Sahara porque se referían a la tesis de Sid Allad El Fassi que pedía todo, desde Toledo a Tombuctú... En mi opinión, creo que no hicieron gran caso a los informes que hicimos, pues veníamos a decir que los libros eran malos pero que eran muy buena propaganda para Marruecos.
- O sea, su formación como arabista le llevó a participar en aquellos días en asuntos muy delicados…
- Tuve acceso a las fotografías que había hecho el ejército español, que eran ilegales. Se sabía por todos que Marruecos contaba con el apoyo de Francia y de Estados Unidos. ¿Por qué?. Pues por una sencilla razón. El Polisario había mostrado tendencias argelinas clarísimas, lo que ya no es un secreto, temiéndose que Argelia, que era prosoviética, convirtiera el Sahara en una salida de los rusos al Atlántico. Recuerdo que por aquellos días, el jefe de las tropas españolas en el Sahara dijo entonces a Arias, “Bueno, nosotros en veinticuatro horas estamos en Rabat. ¿Y luego, qué hacemos?.” Y tenía razón, porque podría pasar de todo. Por eso creo que entre el pasado y el presente del Sahara no hay que olvidar los derechos humanos.
- Y con su experiencia, ¿Cómo asiste ante los acontecimientos actuales en el territorio saharaui?
- Veo una situación muy difícil, porque el problema del Sahara es un problema para los saharauis, es un problema para España, es un problema internacional pero es un problema mayor para Marruecos. Perder el Sahara es fatal para Marruecos y fatal para la dinastía alauí, pero claro, los saharauis tienen unos derechos. Naturalmente, yo llevo defendiendo desde hace muchos años el derecho de los saharauis y el derecho de los palestinos.
-El enquistamiento palestino-israelí es histórico y no parece que tenga solución…
- Sí, hay una solución, pero es utópica. Y la solución es una confederación palestino-israelí. Que se convenzan los dos de que están allí y que sólo como confederados pueden convivir. Yo he estado en Jerusalén, en un lado y en otro, rezando en una parte con la quipá judía en el muro de las lamentaciones, porque los cristianos admitimos el Antiguo Testamento y en la otra en la mezquita con los árabes, porque no hay nada que impida a un católico practicante cantar una alabanza a Dios. Esa es la experiencia, que a un turista le hagan eso, un día venga aquí y el otro allí, con tantas fronteras y entrar por caminos diferentes en Jerusalén, eso explica las dificultades que hay. La complicación histórica es también una complicación actual y ahora añadida a la complicación geográfica. Creo, de todos modos, que esa es la única solución, ya digo, utópica, sí, pero habría que tenerla en cuenta.
- ¿Cómo ve usted la situación ante el integrismo islámico?
- Es un absurdo que sólo acaba en lo que acaba, en crímenes. El Islam tiene problemas. No hay una jerarquía y al no haber una jerarquía cada imán de mezquita dice lo que quiere. El integrismo islámico o desaparece como otros movimientos violentos en el mundo o si continúa es un gran peligro para el Islam y para el Occidente. Ni siquiera se puede decir lo que algunos afirman, que esto acabará en una guerra. Pero ¿qué guerra?.
- Sabe qué le digo, que no me gustaría acabar este encuentro con la utopía sino con el agradecimiento por su sencillez y si me permite, por la sabiduría del amigo de Averroes, Avicena y Maimónides.
- Avicena y Averroes aportaron traer la sabiduría de los griegos por medio de los árabes a Occidente, lo hicieron en Filosofía y lo hicieron en Medicina, pues los dos eran médicos al mismo tiempo que pensadores y los dos aportan el sentido de universalidad, pues piense que los dos son árabes y, pese al Islam, aceptan la eternidad del Cosmos. Y Maimónides da universalidad al pensamiento judío y lo hace, precisamente, escribiendo todas sus obras menos una, en árabe. Eso es un dato científico que a veces no se entiende bien, ahí está “La guía de los perplejos” que es una concepción del mundo y de la conducta moral, universal. Una de las cosas que más me emociona es ver mi publicación sobre Averroes en los quioscos.
- Se refiere a su libro “Así es Averroes”. Por cierto, profesor, ¿Sabe usted que ya hay autovía entre Salamanca y Zamora?
- Mire, el primer viaje que hice con mi primer coche, un seat 1400 fue a Zamora. Zamora es una perla del Románico.

jueves, 11 de noviembre de 2010

84 Charing Cross Road



A Helen Hanff


Querida Helen:


el sueño
–desnudo–
en las palabras olvidadas
algo febril
permanece.

Vísperas de difuntos de 2010


Vine al cementerio para no tropezarme con el tumulto de la efemérides que recuerda a los muertos y me vi aquí abajo, en el periódico, ante la realidad de España, ante el invisible Larra fumando frente a la Iglesia de Santiago el Burgo. Antes, el periodismo se hacía con humo -decía Umbral- que era como el último Larra sólo que en mortal y rosa y ahora el humo está en las ruedas de prensa, en el “no hay preguntas” o “eso no toca” o se redacta una nota con acuse de recibo, un mensaje de móvil, como antes se hacía con los ecos de sociedad. Al entierro de Zorrilla (mañana la Compañía de La Tijera pasa en el Principal su “Don Juan”), asistió impertérrito Larra y luego Valle lo recreó en “Luces de Bohemia” junto a Max Estrella y Latino de Hispalis dando lugar al esperpento. De aquel tiempo de entonces a este de ahora la realidad se ha transfigurado en un terreno de nadie, ni de la política, ni de la sociedad. Ambas, una y otra, van una por San Torcuato y la otra por Santa Clara, o si se quiere, para no faltar, una por Balborraz y la otra por la Cuesta del Caño; da igual. Ambas van a parar al mismo río. De aquel artículo de Larra que vino a ser como una carta de San Pablo a los Efesios o, si se quiere, para no faltar, como una filípica de Cicerón, queda el eco de un desgarro que reverbera en la vida nacional, en la de hoy mismo. Si alguien entra sin lupa en aquellas palabras que pueden leerse en una biblioteca o en la página del Cervantes virtual encontrará que hay detalle para entender el espejo de Larra y su lamento sobre la vida pública española. Y algo más, claro. Cuanto pasa desapercibido es lo que Larra contó en esta tremenda sacudida: “Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!”.

Larra se preguntaba sobre demasiadas cosas sin orden de aparición: la vida, el amor y la política. Pero detrás de cada una de estas palabras andaba la interrogación, que es como el papel de plata para envolver cuanto quería decir: la conciencia, la humildad, la corrupción, la ignorancia, la crueldad, la barbarie, la codicia, la mordida, la ruina, el desempleo – sí, también, qué raro, ¿no? - , el desasosiego, la honestidad y la imaginación. Con tales mimbres y preguntándoselo tantas veces al mismo tiempo Larra sólo tenía un camino y de ahí nació la detonación que Buero llevó al teatro precisamente en plena transición española de la dictadura a la democracia. ¿Puede hablarse hoy del espejo donde Larra reflejó su realidad? ¿Es la realidad española un reflejo de aquella o es un desatino preguntarse tal cosa? ¿Es acaso la realidad nuestra no la de Larra sino la de Valle Inclán? Y, entonces, ¿dónde está el callejón del gato? ¿Y los espejos cóncavos donde la deformación se nos aparece? . O, en el fondo ¿No es más cierto que habremos de evitar toda clase de preguntas para no enturbiar el orgullo por los éxitos deportivos en este circo romano en vísperas de difuntos? .

Ah, he dicho vísperas. Debo al amigo Luciano García Lorenzo el recuerdo zamorano de esta palabra que viene a ser la cosa que antecede a otra, y en cierto modo la ocasiona.

Monseñor Quijote


Visitando el trastero que guarda la última mudanza he encontrado unas notas sobre una conversación con el padre Durán, Leopoldo Durán, enigmático, enormemente conservador, sarcástico desde la médula y hasta el último día de su vida fiel seguidor y servidor de la memoria de Graham Greene. De las muchas cosas inexplicables que a San Pablo envió a corintios, filipenses, tesalonicenses, gálatas, efesios, colosenses y romanos a mayores de las misivas dirigidas a Tito, Timoteo y Filemón, de entre ellas no consta que el de Tarso explicase cómo es posible la amistad entre el cura Durán y el autor de “El americano impasible” o “El poder y la gloria”. Era tal el factor humano entre ambos que la fidelidad y aprecio del cura iban más allá de toda cosecha de Toro a la Rioja fundida entre los dos, así como las aventuras y puteríos que sin secreto de confesión Greene le contaba como don Quijote a Sancho en el XXIII de la Iª parte: “por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha de ser con una condición: que jamás, en vida ni en muerte, has de decir a nadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos; que si otra cosa dijeres, mentirás en ello, y desde ahora para entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento, y digo que mientes y mentirás todas las veces que lo pensares o lo dijeres”. Y el cura obedeció.
De los viajes de Greene por España, relatados por el padre Durán en su libro emblemático “Graham Greene: amigo y hermano” (Espasa, 1996) puede desprenderse que, en realidad, el largo caballero británico andaba ya metido en pieles y alma quijotescas, observando hacia fuera aquella España de transición y auscultando hacia su adentro un conflicto permanente con su fe. El catolicismo de Greene podía valer como paisaje castellano y manchego (con permiso del autor del quijote sanabrés) y en “Monseñor Quijote” así se nos revela. Lo que sucede en esta novela no es sino el viaje agónico de dos hombres frente a todo y frente a la nada, de ruta por una España cuyo retrato se deja sentir a su paso por el Lago de Sanabria. Y aquí es donde la nota del Padre Durán refleja su eco zamorano pues según él, una de las muchas cosas asumidas en la ingente historia de España que a Greene encendía era el papel de villano y no de héroe que un tal Bellido Dolfos a la sazón tenía como escapulario, santo y seña. Quizás no era para menos y al mismo cura le revolvía el comentario de su amigo mientras daban cumplida cuenta de una tortilla pasando el puente de Villadepera y atizando un vino de buena madre. No es extraño pensar, por tanto, que de aquellos viajes Graham Greene, espía, diplomático, cristiano por gracia de su amigo y valedor de una inmensa obra sobre la condición humana hubiese explorado en la intrahistoria española para dar salida a “Monseñor Quijote” sin olvidarse de doña Urraca.
Bueno, pues no es menos cierto que para la vindicación de este héroe olvidado y vilipendiado por la infamia los amigos de Bellido Dolfos cenaron ayer en torno a Manuel Fadón, el buen actor que ha dado piel al personaje en las andanzas del verano cultural. Greene hubiera compartido brindis.
lozanoanibal@gmail.com

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La decadencia y Rafael Altamira


La fotografía que nos acompaña del señor de larga, espesa y blanca barba cuya mirada trasciende el tiempo nos refiere a una de las últimas de Rafael Altamira Crevea tomada en su exilio de Méjico donde murió hace casi sesenta años. Este verano, una buena amiga, su nieta zamorana Mari Luz Altamira Tapia me regaló un espléndido documento audiovisual realizado por su hermana Pilar que ha investigado con detalle la profundidad de la obra de su abuelo. Y no es para menos. Como suele ser habitual en este país parece que la memoria produce dolor de cabeza. Unos la desprecian porque consideran que la memoria les pertenece y que los demás no la necesitan para eludir quizás el concepto de justicia en su recuperación, y a los otros porque les justifica planes y planes de Educación donde la memoria no sólo es inútil sino contraproducente para el conocimiento pues de nada sirve aprender los afluentes del Duero sino intuir, colegir y desarrollar la distribución administrativa de la confederación hidrográfica. El caso de la memoria viene a ser como el de la decadencia. Hubo un tiempo en que la decadencia era contemplada como algo sugerente y aunque no tanto en la vida sí lo era en el arte. Hoy, la decadencia nos asola en la vida real y de ella queda la parte de su significado que refiere la ruina, la ruina moral, pues de la otra, paso palabra.
Rafael Altamira, gran amigo, por cierto, de Clarín, zamorano que hizo de otra ciudad un referente literario universal, tomó como base el hecho educativo y por ello estuvo muchas veces en la pendiente de la incomprensión. Consideraba que un pueblo sin Educación estaba abocado al fracaso y apostó por la palabra y la ecuanimidad como razón de su propia intelectualidad. Colaboró a tal fin con Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza y escribió, en otros “Historia de la civilización española” título que así dio para “evitar que llamándose a secas Historia de España se creyese que sólo comprendía (como es uso corriente) la parte política externa”. Ello nos lleva a considerar la vigencia de la visión de Altamira al reconocer hoy la petulancia, el narcisismo, la arrogancia y la vaguedad que ha tomado la política como profesión y no como servicio, tal como demandaba ya en el capítulo primero la reflexión de Aristóteles. No cejó Altamira en su empeño cuando, herido en el alma, pudo pasar las líneas en la guerra civil con pasaporte diplomático dado que, -y este es otro de los infames olvidos- el español Rafael Altamira fundó el Tribuna Penal Internacional que hoy en La Haya juzga a criminales de lesa humanidad.
Y quizás haya que significar que este hombre de arrolladora fuerza intelectual y sosegada expresión, retratado por su amigo Sorolla, fue propuesto en tres ocasiones para el premio Nobel de la Paz. Su legado moral está más cerca hoy de nosotros de lo que pudiera pensarse si nos acercamos a su correspondencia con Blasco Ibáñez, Unamuno o Menéndez Pidal. Por eso, en este estado de las cosas, donde los filósofos están mal vistos, las humanidades despreciadas y los argumentos olvidados, la memoria de Altamira recobra una fuerza extraordinaria. Ese es el juego de la política: considerar acaso que el pasado es un hecho decadente cuando al presente de indicativo le asalta la ruina del pensamiento. lozanoanibal@gmail.com

El signo y el símbolo

La cercana desaparición de Marcelino Camacho ha recordado, por justicia, su lucha por la democracia y por los derechos de los trabajadores. Viendo algunas imágenes de los líderes políticos evocar al histórico sindicalista no he dejado hasta este momento de pensar en la fragilidad de algunas cosas acumuladas en la trastienda de las ideologías, las rebeliones y los conceptos amontonados, unos sobre otros, cuando antaño eran tan importantes y tan vacíos ahora en el tiovivo de la actualidad. Recuerdo una vez, en tiempos de la denostada transición, que el profesor Juan José Coy – de innegable huella machadiana - explicó en su clase de Literatura norteamericana lo sucedido cuando un grupo de intelectuales españoles fueron expulsados de la Universidad en 1965 por apoyar las revueltas estudiantiles contra Franco. Junto a Enrique Tierno Galván, primer alcalde democrático de Madrid tras la muerte del dictador y el zamorano universal Agustín García Calvo que enseñaba Lenguas Clásicas en la Complutense la dictadura se ensañó también con el profesor José Luis López Aranguren, catedrático de Ética en la Autónoma madrileña. El hecho fue que en la universidad de Barcelona ejercía la cátedra de Estética y Literatura el profesor José María Valverde quien, viendo los acontecimientos, envió una tarjeta-collage a su colega de Ética en Madrid con el siguiente detalle: “Nulla estetica sine etica”, lo que venía a significar que él mismo abandonaba la Universidad, autoexiliándose. Era el signo lo que marcaba las actitudes ante la vida. Luego, cuando este país se levantó en democracia, que no lo hizo de un día a otro, sino tras pasar por innumerables pesadillas e insomnios al signo le llegó la reconversión ideológica y lo que entonces era actitud pasó a perfil (¿cumple el perfil?) y el signo dejó de ser llamado como tal para quedar en símbolo.
Un signo de los tiempos era entonces Marcelino Camacho y su muerte ha querido que sea hoy un símbolo; ya lo era en vida desde hace unos años, pero era un símbolo sin salir de casa, la misma en la que vivió cuando consideraban su palabra y actitud. Precisamente una de las paradojas actuales es la no por extraña, curiosa relación entre la clase política de la izquierda parlamentaria y la clase social de muchos sindicalistas. Unos se nutren de otros y así puede hoy uno llegar a la melancolía preguntándose cómo es posible que quien hace un mes consideraba una huelga general contra una reforma lesiva para los trabajadores sea hoy mismo ministro de Trabajo con el gobierno que la impulsó. Lo que parece una gran incongruencia entre la realidad y la ficción, sin embargo, tiene una explicación: se trata de una razón de imagen. Este poderoso argumento, -a fin de cuentas la imagen es lo que cuenta-, construye hoy la arquitectura de los hechos consumados, y en definitiva supone nada más y nada menos que la proclamación de lo que no se explica, la verdad, el santo y seña del nombrado y renombrado misterio: el proyecto. El mismo que sirve para que muchos sindicalistas realicen “un enorme esfuerzo” para estar a las órdenes del Partido y llevar la penosa tarea de una dirección general, una subsecretaría o un ministerio.
El signo de los tiempos: la muerte de Marcelino Camacho, signo de una ética sindicalista, aparece hoy como símbolo estético para lavar la cara a los mismos sindicatos. La imagen no puede perder la conciencia, venía a decir José María Valverde.

Corvina por sementera

La higuera que vigila el estudio del escultor Fernando Mayoral apareció ayer en el patio como una pieza fundida en bronce. “Ahora que acaba la sementera, viene la helada” me decía el autor de algunos pasos procesionales de la semana santa zamorana como “La última cena”. En el discurrir por la carretera de Salamanca a Toro, antes de llegar al Guarrate de Luis Miguel de Dios queda La Vellés en un extraño mar de ocres, sienas, cafés y tabacos. Buscando el nombre de un pigmento que defina estas tierras uno puede percibir que sementera viene a ser precisamente el color y para qué buscar otra definición si la tiene delante de sus ojos, ante la palabra misma. El maestro de las palabras, José Antonio Pascual, ya lo advertía en su discurso de ingreso en la RAE recordando a Tzvetan Todorov: “A la memoria se la representa en el Renacimiento como una mujer de dos caras, una de las cuales mira al pasado, mientras la otra vuelve sus ojos hacia el presente; nos previene este ejemplo del conflicto que se produce entre la fidelidad que tenemos los seres humanos a la historia y la comprensión con la que solemos justificar nuestro presente.”

Así que estamos en tiempo de sementera y en tierra de labranza, por eso, el amigo Argimiro, compañero de tertulias, baja del tractor con la lumbalgia de la época, mientras se retuerce en Losilla, más allá de Carbajales. La vida nos da que ahora atardece temprano, porque es cuando me figuro que podríamos echar unas corvinas a la brasa y apañar un hueco para la charla con estos sembradores de tierra adentro. He dicho corvina, sí, ya sé y de ahí el contraste que tiene un pez originario del Pacífico y que ahora puede verse en los mostradores de cualquiera de las pescaderías de la ciudad, incluso en el pedido del vendedor ambulante que pasa por El Maderal. Esta otra palabra, corvina, la ví por primera vez en un cuento de Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo que en “Memorias del fuego” detalla la historia al desnudo a través de las palabras, los testimonios, las noticias escritas y orales, las leyendas y también las narraciones de los marginados siempre. García Márquez no desdeña tampoco unas corvinas en sus amores desvencijados ni Vargas Llosa en aquella histórica casa verde. Pero con los años, la corvina había quedado ahí clavada, como una punta oxidada en la membrana de la memoria hasta que la joven de la pescadería me preguntó qué hacía con el pez en la mano, si lo abría como un libro o lo dejaba tal cual como si fuera pariente de una lubina. “¿Y cómo lo hacen allá?”. “Al horno”. “Pues eso”. De pronto surgió el recuerdo de Galeano y ahora, al salir del estudio de Mayoral y dejar atrás la higuera y los moldes desvencijados de los apóstoles de la última cena, me pregunto ante un campo de sementera si no podrían ellos haber echado unas corvinas a la brasa, en aquel tiempo.

Todo queda tan cerca y tan lejos de la geografía, en la geometría de este paisaje duro, seco y frio más allá de Fuentesaúco, que unas corvinas por sementera bien podría firmar el sentido de las palabras hermanadas entre el mar y la tierra dentro en aquel jardín de senderos que se bifurcan del que hablaba Borges. Y también el escultor Fernando Mayoral.


jueves, 23 de septiembre de 2010

Materia y Mística en Venancio Blanco

Alguien tendría que responder en estos tiempos tan difíciles de codicia, soberbia y chapuza, sobre la lección que nos ofrece el artista no sólo consagrado por su arte sino por su edad, desnudando un su tiempo octogenario la creación, la ilusión y la sabiduría del lenguaje de la vida ante los ojos de los demás. Si el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca inauguró el pasado año por estas fechas una imborrable muestra de Agustín Casillas este otro septiembre celebra el prólogo del otoño etnográfico con la exposición de Venancio Blanco, hecha a medida por el artista, como en el caso anterior, como si tal memoria viva de una prolífica e inmensa obra artística resultara ante todo un mensaje de celebración de la experiencia. No es para menos.
Esta exposición de La Salina, por otra parte, descubre los primeros pasos de la FUNDACIÓN VENANCIO BLANCO, (no es menester a tal fin renombrar antiguos sinsabores y frustraciones sobre lo que pudo ser en nuestra ciudad y no es) y en cuyo empeño ha dedicado el artista nacido en Matilla de los Caños del Río (1923) no sólo pasión por cuanto de enseñanza tendrá, esfuerzo por un proyecto hermoso en el tiempo sino también ha invertido Venancio esa palabra a la que acude hoy como equipaje, santo y seña de su trabajo: ilusión. No estaría de menos recordar (palabra que lleva dentro la palabra corazón), la infancia que el artista pasó en Robliza de Cojos entre dibujos de toros y caballos a la sombra de aquel mayoral que fue su padre. Ya en Madrid, durante el servicio militar, realizó por el precio del rancho una pieza que hoy disfruta el Regimiento de Ingenieros en Salamanca. Su formación, fe y sustancia como escultor se forja en Roma de donde nunca se ha ido Venancio -todo hay que decirlo- donde años después acabó dirigiendo la Academia de Bellas Artes y la madurez innata impregnada siempre de inquietud y calma –como aquel hermoso manzano de San Juan- le llevó desde el taller donde fundía con su hermano Juan a la Academia de BBAA de San Fernando, o sea, del barro al bronce y desde la grandeza a la humildad. Algo difícil de traducir en estos retales de arte que hoy es la feria de vanidades.
Se destaca como objetivo de la Fundación la juventud, no en balde Venancio disfruta aprendiendo de los niños el viaje de un lápiz sobre el cuaderno infantil. “Deseamos desde el Arte –dice su hijo Paco Blanco- contribuir al desarrollo cultural de las gentes, conscientes de que la educación para valorar y gozar de la belleza en todas sus manifestaciones, representa nuestra mejor contribución a la paz, la libertad y el entendimiento entre las personas y los pueblos”. Sí, es una reflexión que desde años atrás hemos escuchado al maestro. Y de ello da fe la muestra de La Salina: el encuentro de una escultura religiosa con el lenguaje contemporáneo, lo que hace universal la razón del hombre a través de los tiempos y de la materia, la pregunta y la respuesta, el barro y la creación, la nada y Dios, la esencia y el ser, la búsqueda y la trascendencia.
Ello se rubrica en el recorrido de esta exposición cuya comisariado ha corrido a cargo de Nuria Urbano, excelente conocedora del taller del artista, quien ha realizado una sincera, rigurosa y emocionante aventura a través del mundo, la inquietud y la armonía de una prolífica y emocionante obra como es el tesoro artístico de Venancio Blanco. Estamos ante un encuentro que el espectador siente desde el momento en que vibra, soslaya, se detiene ante una obra inmensamente espiritual.
Valente advirtió sobre el eco sanjuanista que “el deseo sería la faz verdaderamente humana de la necesidad”. Sí, es una palabra sobre la mística del “Cántico”; permítaseme aplicar el hecho en la visión crítica de la ingente e inmensa obra de Venancio Blanco. A ello nos invita su experiencia y sabiduría. Ya Enstein añadió que “por más viejo que seas, puedes ser más joven que nunca”. Pues eso.

martes, 16 de marzo de 2010

A Miguel Delibes


a quien nos enseñó a leer


caminito, estraza, jineta, gorgolita,


todo estaba escrito;


su palabra cura.

jueves, 11 de marzo de 2010

JESÚS de José Antonio Pagola


Mientras el prelado de Tarazona lamenta que el libro del gran teólogo José Antonio Pagola “Jesús aproximación histórica” (PPC, 2008) se venda como rosquillas (y no es para menos, pues lleva ocho ediciones) uno ha buceado en las profundidades de su lectura y al acabar, cierra el libro pero no aquélla, pues quedará abierta su reflexión como asunto cotidiano. No estamos sólo ante una historia revelada en la investigación en fuentes hebreas, latinas, griegas y arameas sino ante un compromiso de esperanza. Tampoco se trata estrictamente de la lectura histórica –como pretendían asegurar desde el Vaticano con temor y sin amor antes de haberlo leído-; más allá el libro de Pagola no se aparta un solo instante del Cristo de la fe. Y he ahí el misterio y también el miedo a poseerlo. Si una investigación exhaustiva proclama el espacio y el tiempo, los personajes y sus temores, sus recelos, los hechos y los olvidos, las miserias y los conflictos humanos, al cabo lo que se desprende es la gran pegunta inicial: “¿Quién fue Jesús?”.

El secreto de este galileo fascinante que irritaba a unos y a otros, que curaba y bendecía los errabundos en tránsito hacia la nada, que sentaba sobre una limpia parábola el peso del amor y no del odio, históricamente existió y lo que produjo fue la gran impresión que dio lugar a lo revelado después en el tiempo. Pagola investiga las fuentes de los evangelios sinópticos, los apócrifos y detalla ese documento Q que sirvió de base para casi todos ellos si exceptuamos al del amigo Juan. Una lectura histórica sencillamente impresionante, pero precisamente porque tras ella queda el fondo del abismo donde crece la fe en un Cristo resucitado y misericordioso. Si el gran libro comienza con tal interrogante, concluye con una respuesta inequívoca. “Por toda la eternidad, Dios hará lo mismo que hacía su Hijo por los caminos de Galilea: enjugar las lágrimas de nuestros ojos y llenar nuestro corazón de dicha plena”. ¿Era este el miedo de la nueva inquisición?. Mas bien lo que tal terror esconde es la esencia de fe en Jesús.
Acaso hay lecturas que uno tendrá siempre, como “Oliver Twist”; que nunca olvidará, como “Ulises” y hay revelaciones de lo que creíamos perdido entre la luz y las palabras.

martes, 3 de noviembre de 2009

La emocionante escultura de Agustín Casillas

Años hacía que no veía al Fréjoles. Tener el pequeño hormigón estos días en la sala de exposiciones de “La Salina” me ha hecho recobrar el tiempo de la infancia junto a Antonio Casillas jugando en barro en el estudio de su padre, pasándonos horas viendo como remataba una escultura antes de que volviéramos a Tolima para visitar con Fede, el otro amigo de la Plazuela, al sheriff King. La exposición de Agustín Casillas que dentro de unos días se clausura en la Diputación, además de celebrar una memoria espléndida, octogenaria y vivaz, una obra tan intensa como hechizadora, detalla el espejo de Salamanca en la fugacidad del tiempo y de la vida. Si “El Fréjoles” es una muestra de ello, como el tratante que andaba por las escaleras de Pinto o en los arcos de “la Granja” dejándose ver como santo y seña de su blusa a quien interesare, no es menos cierto que hay una lectura más honda en la madurez intrínseca de la obra de Casillas y que forma parte de su interpretación sobre los personajes, reales y ficticios de la historia de Salamanca.

Es verdad que si hay una palabra que figura entre las interpretaciones de estas esculturas, entre la geografía humana y la antropológica, el sentimiento y la memoria, esa es precisamente la que da nombre a la exposición “Identidades salmantinas” y es una buena razón para aproximar precisamente el recién creado Instituto de Identidades ante una obra sosegada en madurez y cuya emoción en su realismo depara precisamente un objeto de culto por cuanto adquiere el denominador de tradicional en su factor humano. Casillas, ante todo, ha sido precisamente un retratista del factor humano y su escultura conversa, cara a cara, no sólo con el espectador sino con su propio eco, la reverberación de sus ancestros, el detalle de su memoria en definitiva.

Hay una lectura en estas piezas que tiene que ver con el re-cordis, con la palabra memoria y el papel del corazón en la emoción de su propio significado. El mismo diálogo entre Celestina y Melibea, en un acto singular de los que gusta evocar Emilio de Miguel; las ideas para el bajorrelieve de esta tragicomedia o las figuras escénicas sobre el teatro del Lunes de Aguas mitifican un concepto trascendente de lo salmantino. Ese detalle por la trascendencia no se antoja en la obra de Casillas sino desde un lenguaje popular, cotidiano y, por ende, sincero con el espejo que nos descubre. Hace casi cuarenta años dibujábamos de niños, en el estanque de la Alamedilla, unos ciervos de barro -¿Qué fue de ellos?- que compartían la orilla con las cuatro estaciones. Afortunadamente queda en Salamanca un paseo escultórico por la obra emocionante y genial de un artista tan profundo como serena y llana es su percepción por la realidad, pues podría decirse que la obra de Casillas es una escultura en el tiempo.

Desde la cabeza de Torres Villarroel hasta la pequeña huella del poeta “Adares”, esta muestra nos acerca al hecho de mirar cada pieza más allá de su propio escenario, pues se trata sin duda de un gran teatro que subyace en la obra misma, en su conjunto y en su propia individualidad. Casillas es un escenógrafo de la percepción; no sólo retrata la costumbre, el tipo y el instante, sino que dialoga con la serenidad, la crudeza y el sentimiento de la realidad: he ahí el realismo ante el factor humano y su emoción.

viernes, 19 de junio de 2009

Candilejas: Silencio en Anantapur

Candilejas: Silencio en Anantapur

Silencio en Anantapur



Viernes, 19 de junio de 2009.


La silueta de un hombre que han visto de lejos, en la ladera del monte, cerca del último magnolio de Oriente, reza en la trastienda de nuestras vidas, tan lejos y tan cerca ahora de su memoria y de su legado.

La riqueza en el espíritu y la palabra yacen allí, junto al letrero que dictaba: inciertos milagros.


Él era el milagro: Vicente Ferrer.



A.L.

lunes, 25 de mayo de 2009

Ardicia en memoria de José Miguel Ullán




Fechado en enero de 1965 y editado en la vieja y desaparecida “Vitor”, la imprenta etimológica de Pepe Núñez Larraz, el primer libro del salmantino José‑Miguel Ullán (Villarino, 1944 - Madrid, 2009) lleva por título El jornal. Es una rara avis encontrarlo en alguna librería de viejo, y quién sabe, si alguna vez, emparedado entre una novela de Marcial Lafuente Estefanía y La conquista de la felicidad de Bertrand Rusell uno es capaz de encontrar un ejemplar tan enmohecido pero virgen, amarillento y sin embargo fértil, como así es su palabra escrita. ¿Qué es de este escritor huido siempre de la oficialidad más insigne, viajero que regresa de vez en vez con la discreción de quien no quiere ser visto más que por lo que prefiere? Alejado de la pomposidad más notoriamente celebrada en este país por los sucedáneos intelectuales que se ocupan de la llamada literatura comercial y del número de ventas cual inquilinos del “Gran hermano”, la obra de José‑Miguel Ullán es de una espléndida solidez y una honestidad poética absolutamente fidedigna.
Sin su obra no podrían tenerse en cuenta los laberintos por donde la poesía española ha urdido las mimbres en los últimos cuarenta años. Su experiencia vital, como en el caso de los escritores comprometidos con las circunstancias, le han jalonado afectos y desafectos con su propia singladura poética a la que nunca –afortunadamente– ha renunciado en su sentido más puro: la esencia de la palabra. Tras estudiar el Bachillerato en Salamanca y, su paso por un Madrid inquietante donde inicia Ciencias Políticas y Filosofía y Letras se recluye en París poco antes del mayo del 68 dónde conoce y trabaja junto a Roland Barthes y Lucien Goldmann. El periplo lingüístico no habrá hecho más que comenzar. Trabaja en la ortf y a su regreso –muerto Franco– a Madrid su experiencia le llevará a realizar una intensísima actividad periodística entre la que destacará –inevitable su eco– el programa “Tatuaje” en TVE, lejos del tufo cañí en que habían envuelto a la copla, y la creación del excelente suplemento “Culturas” en Diario 16. Nota biográfica que se actualiza con sus colaboraciones en la prensa nacional e internacional. Pero nos atrae, sin duda su obra poética.
Como acaso no es gratuito sopesar las relaciones de fondo y forma que habitan en el eje de la poesía española contemporánea es por eso que se nos antoja analizar una pista entre nombres que van a ser proclives para entender la reflexión común en torno al lenguaje, porque es en torno al lenguaje donde despliega todo su universo. No es extraño, precisamente, que José‑Miguel Ullán se encargue de la edición de un libro mítico como es Noventa y nueve poemas de José Ángel Valente. De nuevo, Valente, como una constante agradecida para la poesía española. En esta influencia –me atrevo a decir– decisiva, entre uno y otro, gravitan puntos y nombres tan comunes como que sería imposible desprenderlos de ambos. Por una parte, la presencia de la obra del místico español Miguel de Molinos, como así poéticamente Góngora, Cernuda o Vallejo, detallarán el equipaje de Ullán que él mismo analiza en la obra de Valente. Por la otra, la presencia en ambos, con imborrable fuerza creadora, del poeta cubano José Lezama Lima y la pensadora española María Zambrano: a quienes unirá no sólo la complicidad en la palabra sino una intensa amistad.
Clave de este signo es la referencia que de ello hace precisamente el crítico Miguel Casado en la edición de Ardicia (Cátedra, 1994), antología de la obra del poeta que referimos: “Entre las pinceladas sueltas, corre la zona blanca del pensamiento, la página casi entera también en blanco, como respiración, expresión penetrante de las intermitencias y vacíos del discurso... / ... Una propuesta de este orden es frecuente en el pensamiento de María Zambrano y el propio Ullán la ha recogido en ocasiones, por ejemplo en su artículo ‘Lezama Lima o el barroco carcelario’”. No es casual tal encuentro. Citemos algo que evidencia el testimonio del propio Ullán: “Ningún tema vive separado de los demás, todo es fragmento de un orden, de una órbita que ininterrumpidamente se recorre y que solamente se mostraría entera si su centro se manifiesta”. Estamos ante una poesía que –desde el hondo sentido que da forma Valente– considera el pensamiento como centro y la palabra como acto: o sea, María Zambrano y Lezama Lima como huella de uno de los poetas de mayor profundidad de nuestra literatura contemporánea.
Su orbe está fuera de los circuitos estéticamente podridos; la naturaleza de la obra de Ullán resiste por la enorme trascendencia de su elaboración sobre tanto “vivo difunto” por emplear el símil que el mismo Valente anotó en Salamanca respecto de la obra de otro poeta que aquí es menester pronunciar, me refiero a Aníbal Núñez, autor, entre otras curiosidades, de la cubierta de El jornal, el primer libro de J. M. Ullán:

“Amatando el candil
tan en mi hogar.
Y, sin embargo,
Cósmico”.

La excelente edición de Ardicia, libro citado por la edición de Miguel Casado, presenta una obra jalonada de títulos y referencias y supone un escaparate espléndido para conocer una experiencia poética fascinante, generalmente ¿desconocida? ¿despreciada? ¿olvidada? en la geografía cercana del nacimiento de su autor. ¿Pocos sabrán de la necesidad que el poeta tiene de acompañar la visión de Villarino de los Aires en su itinerario acaso como una “Razón del tacto”? Dicho queda que en Ullán se describe esa parábola del tiempo frente al pensamiento como acto generador de libertad. Su exilio, acompañado después por señales ostentosas de desprecio en un país de naturaleza tan corriente en estas consideraciones, le acercó a la contemplación de lo ilimitado de la escritura, le inundó de pintura –haciendo de él además un artista singular– e introduciendo su espíritu crítico en lo que más tarde desarrollará en torno a la obra de artistas como Antonio Saura, Eusebio Sempere, Zóbel, Chillida, Tápies, que ilustrarán espléndidas ediciones de su obra poética.
De ahí que en gran parte de su obra se construyan el juego y la cábala (de nuevo J. A. Valente) en la más libre de las expresiones. Así aparecerán poemas surgidos de la selección y señalización de palabras de un artículo de prensa como en “Alarma”; búsqueda de una ruptura lexicográfica en “Abecedario en Brinkmann”; jeroglíficos y ecos del “haiku” japonés en “Funeral mal”; poemas –obligatoriamente– tachados en “Manchas nombradas”; composición libre, intelectualmente libre como toda su obra, en el hermosísimo libro Rumor de Tánger al que acompaña una cita de Lezama Lima: “única cárcel / corona sin ruido”; dibujos como hipérboles de la escritura en Visto y no visto, donde se honienajea a Valente, Zambrano o Aníbal Núñez; una obra poética, en fin, que concita una inmensa experiencia lectora.
Miguel Casado, aludiendo a María Zambrano lo designa como “La metáfora del corazón”, tal es la obra enriquecedora de José‑Miguel Ullán: la palabra que nace y se nutre del conocimiento para dar testimonio de una fecunda emoción.

martes, 3 de marzo de 2009

El eco machadiano


En tiempos de esta crisis, moribunda de tantas cosas, pasado mañana en pleno domingo gordo, se cumplen setenta años de la muerte de Antonio Machado. Su tumba en Collioure sigue abrazada de algunas flores y otros mensajes que habitan en el tiempo, como la palabra en el tiempo que tanto sacrificio empeña su obra y su memoria también. Fue en 1975, días después de la muerte de Franco, cuando el profesor Juan José Coy, a quien tanto debemos alumnos y no alumnos por acercarnos al verso machadiano (y al teatro de Tennesse Williams también) quien organizó en la Residencia Montellano de las jesuitinas un homenaje en torno al poeta universal. Participarían en él los profesores Gil Novales, Eugenio de Bustos, Aurora de Albornoz, el magnífico teólogo José María González Ruiz… y el escritor Andrés Sorel. Él fue el único que pudo abrir con su conferencia aquel homenaje tras la cual el gobernador civil prohibió su continuación. Sí, eran tiempos en que un gobernador estaba para prohibir la palabra, por ello, cuando recibimos con el paso del tiempo el peso de cuanto ha costado liberar el uso de la palabra precisamente podemos entrar en coma social al sopesar la cantidad de estupideces que hoy en día se muestran, a uno y a otro lado del espectador, por encima de la tolerancia.
Sin embargo, de aquel encuentro -que no pudo ser- sobre Machado quedó en salamanca el poso de un acontecimiento trascendental. Ya en plena transición aquellas conferencias censuradas se reflejaron en un libro que editó “Sígueme” y hoy pasa por ser un referente impecable en torno a la obra machadiana y su reflejo en la sociedad. Años después, gratamente, Juan José Coy publicó una esplendida “Biografía espiritual de Antonio Machado”, que junto a las de Ángel González, Tuñón de Lara, la misma “Guía popular” de Sorel o la de Aurora de Albornoz, cuando no las Obras Completas al cargo de Oreste Macro, nos proporcionan un espejo donde fraguar la poesía del hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno”. De entre otras cosas aparecidas sobre él, José María González Ruiz escribió un hermoso libro en torno a “La teología de Antonio Machado”, indagando en el interior de la palabra poética y asomando una serie de claves que asustarían hoy al mismísimo Rouco temblando ante otro teólogo como José Antonio Pagola y su “Jesús. Una aproximación histórica”. De Machado y sobre ello mismo, Juan José Coy detalla: “Probablemente si a Machado hubiera que aplicarle alguna etiqueta –sin que se vea razón para hacerlo– ésta podía ser la de "cristiano" en el sentido de la igualdad fraternal de todos los hombres, en su traducción de terminología vagamente religiosa, de valores evangélicos, de común unión entre cuantos se asegura que somos hijos de un mismo Padre que está en los cielos”. Es verdad que durante largo tiempo creímos leer en Antonio Machado este mismo sentimiento, sólo que a escondidas. Pero no.
No debe ser así. La Conferencia Episcopal puede armar bulla con la pantalla de la “Educación para la ciudadanía” pero lo que no puede evitar es negar en la lectura de la obra machadiana una proyección cristiana, progresista y abierta sobre la propia dignidad humana. ¿Suena a teología de la liberación?. Habita en Machado.

lunes, 2 de marzo de 2009

Slumdog Millionaire



Supongo que dado los tiempos que corren al personal se le debió de quedar cara de Benjamín Button precisamente viendo pasar una tras otra estatuilla sin detenerse por delante de Brad Pitt preguntándose si una gran interpretación contrasta con el resultado de los “oscar” ante otras grandes interpretaciones, pero desconocidas por el mercado y duras y salvajes en la vida misma. Debo de confesar que “Slumdog millionaire” me ha causado lo que hacía el tiempo el cine no me decía. Ya saben, si no la han visto, la película gira en torno a un joven concursante de “¿Quieres ser millonario?” que antes de enfrentarse a la última de las preguntas es secuestrado y torturado por la policía india porque sospechan que este chaval repartidor de te, analfabeto y pobre, haya podido amañar las respuestas. Sin enfrentarnos al final de la película, que es lo de menos, lo que lleva a conmover el espíritu del espectador es precisamente la respuesta de Jamal a sus verdugos: las respuestas a las preguntas estaban en su vida, desde niño hasta ese mismo instante en que aún el concurso no ha acabado.
Pasa la película, por tanto, por la dureza de uno de los suburbios de Bombay, la indigencia infantil y la crueldad, la inmisericordia y el terror de asomarse pese a todo un día más a la vida desde la sonrisa de un niño -el fascinante actor que apareció tras el “oscar”,- que no cejará de buscar la complicidad del amor mismo. Esa mirada sobre India es tan real como la palabra que nos da la novela de Vikas Swarup y que ha servido para que Simon Beaufoy firme el guión oscarizado junto a la espléndida dirección de Danny Boyle. Sí, una película dura, como suele decirse, ruda y sincera hasta el tuétano también. Y, además, una gran película. Si me permiten y uno no olvida los días de festival hace años gracias a este periódico, guarda la película una escueta lección de cine: el desdoblamiento narrativo que posee es fascinante, apoyado en un meritorio y también premiado montaje pero debido indudablemente a la adaptación de un guión fuerte, reforzado en un ritmo intenso y una narración espléndida. No nos cuenta una historias en paralelo, lo que sucede se guarda en la memoria del personaje y en ese juego la película posee una magia de difícil baile entre los periodos de la narración: el antes y ahora con el instante inmediato. Eso es oficio de maestros cuando se cuenta algo y en la película, por ello, hay momentos encomiables de gran cine. ¿Contar historias? ¿Contar una historia?. He ahí el difícil reto por el que un día Manckiewitz nos hizo espectadores de “Eva al desnudo”. Pues bien, uno piensa que en “Slumdog Millionaire” hay momentos para percibir lo genial.
Pasa el cine por enseñarnos también mucho de la vida y hacernos críticos frente a todo, tal como duele esta historia cruda donde la ternura y la buena factura de la historia así contada nos conmueve.No es de extrañar que mientras Penélope dedicaba el suyo a Alcobendas el niño indio escrutase un sonrisa fascinante junto a los actores que habían hecho el papel de crueles, mientras le abrazaban y protegían ante el premio más grande del cine.


miércoles, 21 de enero de 2009

Eureka

Cuentan que Arquímedes, cansado de ver la cantidad de agua que perdía cada vez que se metía en la bañera consideró una vez el hecho positivamente y salió corriendo a la calle, desnudo y salpicando a los viandantes a quienes gritaba: “¡Eureka! ¡Eureka!.”. Aquello era parte de su principio y el fin también de algunos idiotas. En realidad el bueno de Arquímedes había encontrado algo y por ello tiró del palabro histórico que siglos después Edgar Allan Poe utilizara también para componer una compleja y magnífica reflexión en torno del universo, breviario del significado del cosmos y trasunto de Dios, que consideró lo mejor de su obra. Estaba alucinado, nadie creyó en él y pese a la impecable sagacidad e inteligencia de quien ahora se cumplen doscientos años de su nacimiento, murió solo, perdido y borracho al doblar una de las calles lumpen de Filadelfia. Pues bien, entre el hecho de Arquímedes, la referencia de Poe y la investidura de Obama el universo sigue estando ahí arriba, pese a los satélites del google heart donde uno puede ver el tejado hipotecado de su casa y el resto de hipotecas colindantes en la recesión que vivimos. Época de depresión ésta, sí, a expensas de no atisbar nada que indique que ni Solbes ni Zapatero ni el mismo Obama presuman de salir mañana, desnudos o vestiditos, qué más da, a la calle que ya es hora de gritar eso de “¡Eureka!” y confiar ilusión en la vida de las gentes. Se hace difícil, pero quizá sea el trabajo de ilusionista el único que ahora puede testimoniar algo de luz sobre la realidad palpitante. Puede que, en el fondo, los arquímedes de hoy los poe de mañana trabajen ya como arduos burócratas a las órdenes de los lobbies, los gestores empresariales, las caras ocultas del poder sobre el cual el engranaje político proclama su propaganda. Lo que sucede es que de aquellos originales que dieron con el principio y con la fe nos queda el legado para explicar el sentido que hoy adquieren las cosas en torno a la imbecilidad contagiosa, la avaricia desproporcionada, la codicia imperante, el rencor furibundo, la penosa tesis de la envidia y el espantoso concepto del odio como animador común de la feria de vanidades que nos rodea. Éste es el nuevo principio de Arquímedes, lo que desborda la bañera y se escapa al tirar de la cadena en la sede de las bolsas internacionales, los consejos de administración de los bancos, la guerra de la cajas, los acuerdos financieros, las transacciones y los intereses creados. Todo tiene un precio: la bolsa o la vida, como el juego infantil que seguía con el botón de la barriga. He aquí el espectáculo de Poe, adivinador de cierto terror que viaja más allá de la literatura pues todo parece depender del pozo y el péndulo por donde gravita la vida de los mortales. Dedicaba Poe su gran obra sobre el Universo : “a los pocos que me aman y a quienes yo amo, a los que sienten más que los que piensan, a los soñadores y a los que depositan su fe en los sueños como únicas realidades”. Deseaba que su obra se juzgase como poema después de su muerte.
Es un gran refugio.

jueves, 15 de enero de 2009

Teoría del esperpento

Anda preocupada ella por no encontrar un jersey de cuello alto en Rebajas pues no los hay, -no busquen-, como si la lectura de “Gomorra” de Roberto Saviano le hubiera salpicado el secuestro de jerseis de cuello alto y los ladrones de guante blanco estuviesen detrás del asunto. Anda soliviantada con el tiempo, con los bajo cero, con el hielo y la pascua que hace la nieve cuando deja de ser un verso de Lalo Bartol en los dedos de la infancia y ahora es un problema. Anda rebotada con la derecha y la izquierda también de este país, común denominador una de la otra entre estupideces banales y ridículas, patéticas justificaciones, ninguna dimisión ¿y cuándo las hubo? ¿y cuándo las habrá?, como si el pasado hiciera valer el presente. ¿El futuro también?, lo que convierte a los políticos en botarates de la indecencia y en valedores de sus bolsillos, ruindades humanas e indecentes, y anda en fin la amiga con ganas, por tanto, de declararse en abstención permanente o transitoria como si el ejercicio de la política le hubiera otorgado cierta invalidez por falta de crítica frente a todo, de responsabilidad frente a los ciudadanos y de sensatez como honestidad. Se pregunta qué cara hay que tener para pedir explicaciones y para responde sobre el colapso de un aeropuerto cuando en este país hay más de tres millones de parados, o sea, más que toda la población de Castilla y León junta, que ya es decir por su hecho referencial. Imagina ella que nos pusiéramos a ver pasar las nubes toda la población de la comunidad autónoma frente a la tragedia de la vida y no saber cómo saldrá el sol al día siguiente. Anda queriendo cambiar de cadena en la tele, de dial en la radio, de página en el Quijote pero nadie le dice nada que tenga sentido propio ni sentido común. Así que se encuentra como decía Joyce, en la tesitura de creer que “ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema”. Algo así.
Anda pensando en cómo parar a Israel, aunque sea sólo como señal de protesta viva contra la barbarie, en conocer los gases que están experimentando los militares isralíes con la población palestina. Mientras, apura ella también una reflexión sobre el terrorismo machista contra la mal llamada violencia de género y al tiempo que vomita por el empacho de jueces y pilotos contra los mortales de aquí abajo, todo ella es en sí una muralla frente a todo. Pero esta mañana le ha entrado una carcajada y no ha parado hasta que esto escribo de reir y reir al enterarse que tanto el PSOE como el PP han puesto a trabajar uno a su “Laboratorio de ideas” y el otro a los pensionados de la FAES para acometer una definición sobre el estado de las cosas y sobre el mundo. Y en esas estamos mi psiquiatra y yo, riendo, socavando esa corte de los milagros sobre esta miseria política que nos rodea y entre la que cabe destacar también el olvido, desprecio incluso tortura moral que se ejerce en Salamanca contra espléndidos actores como Fernando Saldaña, Josetxu Morán o el poeta y escritor Raúl Vacas.
Vivimos sobre un esperpento, muñeca.

viernes, 9 de enero de 2009

Ya nos vale

Viendo la masacre de Israel sobre Gaza no sabe uno muy bien a qué atiende el concepto de la Alianza de las Civilizaciones, la inoperancia de la ONU y la hipocresía de la Unión Europea. No tenía mejor mensaje la precampaña electoral israelí que lanzar la invasión de Gaza a golpe de sangre y muerte como para recordar acaso otras invasiones terribles que dieron después con el genocidio judío mientras una Europa ardía en fascismos y otra se lavaba las manos hasta que les saltó en ellas la mina del drama. Sucedió una vez y tócala otra vez que ahora la lección de los judíos se la pasan en pasiva a los palestinos mientras en el resto del mundo rumia la provocación de los terroristas de Hamás. Al final, el terror se sale con la suya: se crea la naturaleza explosiva y se detalla la geografía donde hacerla estallar entre las víctimas habituales. Mientras tanto, es curioso observar cómo alguna canalla carga sobre el traje de chaqueta y pantalón que llevaba la ministra de Defensa en la recepción real de la Pascua militar. Sólo faltaba en este país que el detalle pasara desapercibido para el protocolo, que es ese otro concepto del cinismo hecho ciencia, materia de estudio en la carrera diplomática en lugar de otras asignaturas un poquito más preclaras para acudir con la palabra y no con el lanzallamas a la hora de resolver un asunto. ¿Surrealismo?
Confieso que estos primeros días de enero del año en curso tienen algo de rebaja en lo que se refiere al razonamiento simple. Vean por ejemplo al ministro de Trabajo. Guardo unas declaraciones suyas en torno al desastre que han supuesto las prejubilaciones, en la banca, en los teléfonos, en las fuerzas armadas (sí en la mili con galones también, sí), y... en RTVE. Pues bien, si resulta que entre todos pagamos el asunto de marras, ¿me quiere explicar el señor ministro de Trabajo cómo es posible que se siga aplicando el Expediente de Regulación de Empleo en RTVE y se mande al personal con cincuenta años a calentar pasillo, pero el de su casa?. ¿No es otro absurdo dentro de lo mismo?. ¿Quién paga?. ¿El ente? ¿El ínclito director de RNE zote y azote de “La noche menos pensada” y autor de madrugadas delirantes de bazofia como de las que uno tiene la obligación de pasar?. Ya dije que debe de ser cosa de estos fríos pero uno supone sospecha que todo está repartidito, como las transferencias autonómicas, como las autonomías también, repartiditas políticamente según ese concepto que se enmarca en los intereses de uno y otro signo. En este monopoly, por ejemplo, Castilla León tiene de Ruta de la Plata el sambenito pero no la seña de identidad, tiene vía de tren pero no se inquieten que ya la desmontan, para que no haga feo y es ahí por donde interesa que la finca quede bonita por aquello del Románico, la torcaz y el palo del 7 bajo par.¿Surrealista?.
Y hablando de pares, uno puede coger gratuitamente en las puertas del Clínico el “Diario Médico” y como cita del día leer ésta de Dalí: “La vida es aspirar, respirar y expirar”. ¡Leche! ¿En las puertas de un hospital?. Pleno surrealismo.